lunes, 4 de junio de 2018

EPISODIOS DE LA HISTORIA ARQUETÍPICA. "Armenia. Un Pilar del Mundo"


El pueblo armenio ha sabido conservar la memoria de todas sus herencias tradicionales, que son muchas y muy ricas en sus expresiones culturales. Aunque su origen se pierde en la noche de los tiempos, la historia armenia propiamente dicha comienza a contarse desde que allá por el siglo V a.C. los persas mazdeos o zoroastrianos conquistan casi todo el Oriente Próximo y establecen unas dinastías (los partos, los sasánidas, los arsácidas, etc.) que poco a poco se verán influenciadas por el helenismo alejandrino y ptolemaico, o sea por la cultura y la filosofía clásicas, y posteriormente por Roma, culminando con la llegada del Cristianismo. 

Artaxes I

Esta “peculiaridad” histórica, no desligada de su situación geográfica, hizo posible que Armenia, que en aquellos primeros siglos abarcaba un territorio mucho más amplio que el actual, cumpliera una función de “puente” entre ambos mundos, el Oriente persa y el Occidente romano. Esto explicaría, por ejemplo, que fuera en uno de los territorios armenios, concretamente en Cilicia, donde los romanos entraron por primera vez en contacto con los misterios de Mitra, de origen persa precisamente, y que tan importantes serían para el desarrollo de la civilización romana en la época del Imperio.

El Cristianismo se consolidó en Armenia gracias a ese pontífice constructor que fue Gregorio el Iluminador, apelativo muy significativo pues nos habla del papel teúrgico de este sabio, descendiente de la nobleza armenia, y del que se dice recorría el país con una escuadra en su mano, ligando su apostolado al arte de la arquitectura y la construcción. Durante su martirio, el Iluminador invocaba a Dios bajo el nombre de Gran Arquitecto del Cielo y de la Tierra.

Estamos a principios del siglo IV d.C. que es cuando Armenia se convierte en el primer país en adoptar el Cristianismo como religión del Estado. Conviene recordar además que Armenia tuvo también vinculaciones con los judíos ashkenazi, cuyo nombre procede de Ashkena, la esposa del rey armenio Tiridates III, que precisamente vivieron en tiempos de Gregorio el Iluminador. En definitiva, todas esas civilizaciones y corrientes culturales se fueron integrando en perfecta armonía en torno al tronco milenario de raíz indoeuropea del pueblo armenio, conformando finalmente su identidad y sur ser, como lo indica el escudo heráldico de la nación y del que más adelante hablaremos.

Cuando el Cristianismo penetró en Armenia hace 2000 años, este fue aceptándose como una conquista que ocurría silenciosamente en el ámbito privado de la conciencia, algo que era propio del Cristianismo de los orígenes, que fue penetrando poco a poco pero de forma constante por todas partes debido sobre todo a la profunda huella dejada por los discípulos de Cristo, dos de los cuales, Judas Tadeo y Bartolomé, fueron los fundadores de la Iglesia Apostólica de Armenia, integrada dentro de la doctrina del monofisismo (dos naturaleza de Cristo en una, la divina absorbiendo a la humana), y existente hasta hoy. Esa evangelización no supuso, sin embargo, ruptura alguna con el legado cultural anterior, sino que la esencia de ese legado fue absorbida y asimilada por el Cristianismo, que como decimos todavía conservaba su carácter iniciático y esotérico. Sin duda fue la pervivencia del esoterismo cristiano directamente emanado de la enseñanza de Cristo, del Rey del Mundo, y las interpretaciones de sus discípulos, lo que permitió que dicha ruptura no se produjera.

Como decimos, las raíces de Armenia son muy antiguas, incluso míticas, de lo que participa también su geografía, integrada en la cordillera del Cáucaso, tierra de reminiscencias y evocaciones de hazañas llevadas a cabo por los grandes héroes y dioses del mundo helénico. Allí está también el monte Ararat, indisolublemente unido al pueblo armenio desde los tiempos más remotos, y en cuya cima el Arca de Noé encontró morada tras el Diluvio. Convergen así en la identidad armenia la tradición arcaica griega y la tradición bíblica, e incluso antediluviana, a la que se une el componente mesopotámico, pues el nombre de Armenia también deriva del rey Arame, vinculado con los pueblos que descendían de los antiguos sumerios y acadios. La tierra de Arame dio nombre a Ermenen, armenios. De esta tierra decía el faraón Tutmosis III que en ella: "el cielo descansa sobre sus cuatro pilares".

Pero centrándonos en la línea genealógica del ancestro legendario de los armenios encontramos a un descendiente de Noé, Haik, o Hai, por eso Armenia fue llamada durante un tiempo Haiastán, la “Tierra de Hai”. Este era hijo de Torgam, hijo de Gomer, a su vez hijo de Jafet, y este finalmente de Noé, el patriarca que es un puente entre dos ciclos de la humanidad. Significativamente, en el centro del escudo heráldico de Armenia figura el monte Ararat coronado por el Arca noaquita. 


Escudo de Armas de Armenia

Rodeando la parte central del escudo aparecen los símbolos de las cuatro principales dinastías armenias que reinaron desde el siglo II a.C. hasta la Edad Media: la Artáxida, la Arshakuni, la Bagrátida y la Rubénida. Los animales con que están representadas son el águila y el león, símbolos eminentemente solares, de la realeza y del poder espiritual, reunidos ambos en la naturaleza de Cristo. 

El águila también está representada dos veces, como águila bicéfala, y como dos águilas que se miran frente a frente, teniendo en medio de ellas la estrella que simboliza al Sol espiritual. Estas dos águilas aparecen en el estandarte de la dinastía Artáxida, cuando Armenia toma contacto con la cultura helenística. 


Estandarte de la dinastía Artáxides

El león que porta la cruz cristiana aparece en una actitud que recuerda al León de Judá, un símbolo del “Rey de Reyes”, descendiente de la Casa de David, y por tanto de Cristo. Es sabido que en el esoterismo cristiano el León de Judá, como Sol de Justicia, cumplirá un papel importante en el fin de ciclo. 

"Entonces uno de los ancianos me dijo: No llores, porque el León de la tribu de Judá, la raíz de David, ha vencido para abrir el libro y desatar sus siete sellos." (Apocalipsis 5, 5).


Dinastía Bagrátida o Bagratoni

II
La relación de Armenia con el cristianismo se remonta a los tiempos mismos de Jesús, como indican ciertas leyendas, algunas de ellas recogidas por el historiador Eusebio de Cesárea. Estas hablan del rey Abgaro de Edesa y su correspondencia epistolar con Cristo, hecho singular que hay que leer en clave simbólica, pues esto nos demuestra la existencia en ese tiempo de comunidades cristianas que conservaban todavía su vertiente esotérica e iniciática, o sea el mensaje más interno y metafísico de la doctrina cristiana. El rey armenio recalca en su epístola el poder sanador de la palabra del Salvador, capaz de hacer ver a los ciegos, de oír a los sordos y revivir a los muertos, a aquellos que están en las tinieblas y desprecian el Conocimiento en su ignorancia. Asimismo el rey le solicita que vaya a vivir con él a su ciudad, o sea que se haga presente en su reino terrestre la influencia de la doctrina celeste, simbólicamente representada por el corazón de Cristo. Entre otras cosas, este último le contesta al rey Abgaro:

Y vuestra ciudad será bendecida por siempre, y el enemigo nunca prevalecerá sobre ella”.

Estas palabras predicen sin duda la permanencia de la Armenia cristiana en el tiempo, pero en ellas también subyace algo más sutil: que el grado máximo de identificación de Armenia con esta tradición es lo que ha impedido que sobre ella “prevalezca el enemigo”, el Adversario, el que quiere borrar de la memoria de la humanidad su linaje espiritual. Armenia es un “Pilar del mundo”, un eje, que está por todas partes presente gracias a una arquitectura donde predomina la verticalidad y las formas esféricas y triangulares, que se asientan sobre estructuras cuadradas perfectamente delineadas para dar la impronta de firmeza y solidez a todo el conjunto.


Iglesia armenia



Khachkar. Cruz de piedra armenia

Anteriormente mencionamos a Gregorio el Iluminador como un ejemplo de los arquitectos y constructores armenios, herederos también de los arquitectos persas y orientales que concebían el arte de construir inseparable de una transmisión espiritual. Como en tantas otras cosas los arquitectos armenios de la Edad Media también fueron en esto los intermediarios a través de los cuales una cierta concepción del Arte Real sustentada en una “metafísica de la luz” pasó a Occidente a través de las Órdenes de caballería vinculadas con las corporaciones y guildas de masones de toda Europa, los cuales trabajaban junto a los alquimistas, magos y hermetistas. 


Águila bicéfala. Arte armenio

Las relaciones no simplemente comerciales o guerreras, sino en el orden de las ideas metafísicas y cosmogónicas entre el Occidente y el Oriente medieval es un tema muy interesante para el conocimiento de la Historia arquetípica, y que quizá algún día abordemos en estas Notas, que pretenden rescatar esa memoria como una forma de la realización interior.

En la geografía sutil del Cristianismo, Armenia fue y sigue siendo un centro espiritual que mantiene vivo su mensaje original, prístino en su pureza, e insobornable a las tentaciones disolventes de este tiempo que nos ha tocado vivir. El hecho de que Armenia adoptara el Cristianismo como religión oficial antes de que lo hiciera el emperador romano Constantino, es un “detalle” que no ha de pasar inadvertido. Hay en esto un aspecto fundacional, en el sentido de que Armenia es la “primera piedra” donde comenzó a tomar forma una civilización que, como la cristiana, o mejor judeo-cristiana, recogería la herencia de Roma y de la Antigüedad Clásica para acabar generando a Europa, una entidad que en definitiva fue concebida para perpetuar dicha herencia, que no es otra que la memoria y el espíritu tradicional de Occidente.

La figura del Arca de Noé en el centro del escudo armenio cobra así otra dimensión relacionada precisamente con la conservación de ese espíritu, si bien el carácter universal del simbolismo del Arca hace de ella el receptáculo no de unas formas tradicionales determinadas, ya sean estas occidentales u orientales, sino de la Sabiduría que nutre a todas ellas, y que en los momentos de transición cíclica se “oculta” en el Arca, es decir en el Corazón del mundo, donde una nueva y “original” humanidad será alumbrada. Francisco Ariza


El Monte Ararat

EPISODIOS DE LA HISTORIA ARQUETÍPICA. "Desde tiempo inmemorial..."


El “oficialismo” bajo sus distintos “ropajes”, incluido el “universitario” con el extenso cortejo de “eruditos” adoradores de su ombligo anclados todavía, increíblemente, en el positivismo del siglo XIX, sigue estando ciego ante esa realidad que es el gran legado cultural, simbólico y mitológico esparcido por todos los lugares de la tierra, from immemorial time, expresión cara a la Masonería que expresa el origen intemporal de ese legado. Por desconocer, desconocen incluso el origen sagrado de su cultura, la de Europa y Occidente.

Les causa una enorme contrariedad tener que admitir, por ejemplo, que Platón, el que dio forma a la Filosofía, ya habló de la Atlántida en ese sentido, y de que en Egipto, según le relató Solón en el Timeo y otros Diálogos, sus sacerdotes hablaban de las dinastías divinas y heroicas procedentes del continente sumergido. En esos orígenes sagrados están las pautas de lo que ha sido nuestra Historia, no la anecdótica sino la que “puede ser contada”, pues es la única importante y la que queda en la memoria del género humano. Bajo el cielo americano los sabios indígenas consignaron en sus textos sapienciales y sus códices las mismas ideas que Platón.

En realidad con esas referencias a la Atlántida y sus herederos en el tiempo, tanto los sabios precolombinos como Platón, nos hablan de la Historia arquetípica, pues se trata nada menos que de la presencia del Ser, del Arquetipo primordial, en el tiempo del hombre, ya que es el hombre por su condición de intermediario el que puede testificar ese hecho asombroso y transmitirlo. Ha sido la clara conciencia de esa realidad la que le ha dado la energía espiritual necesaria para generar la civilización y la cultura, que por eso tienen orígenes sagrados y metafísicos.
En verdad, hablar de la Atlántida es hablar de la “Antigüedad”, que nada tiene que ver con lo viejo y lo caduco. Más bien es un “espacio” atemporal de nuestra alma donde habitas con los Ancestros; finalmente, te das cuenta que son ellos, junto con la vida que te ha sido entregada, los que te guían por los senderos visibles e invisibles del mundo y de ti mismo. Francisco Ariza

miércoles, 7 de marzo de 2018

EL FUEGO DE LA TRANSMUTACIÓN


No se puede dejar de ver el mundo como un Misterio. Cuando esto sucede, la impresión es muy vívida, fulgurante, y aparece por sí misma, aunque somos nosotros, seres individuales, los que “aparecemos” ante esa realidad indubitable, y que nos incluye plenamente. Una realidad que “es todo lo que es” (“Brahmâ condicionado”, el Ser), pero al mismo tiempo “todo lo que no es” (“Brahma incondicionado”, el No Ser). La Suprema Identidad metafísica no admite dualidad alguna, aunque esta sea la más alta.

Frente a la ideología de los actuales “sopladores de carbón”, o sea la new-age y el circo del bazar pseudo-esotérico, que creen que el “yo” o la “conciencia individual” (ahankâra) ha de “disolverse” en una especie de vaga “conciencia cósmica” para alcanzar la “liberación”, la Alquimia espiritual por el contrario siempre ha propuesto la transmutación de ese mismo “yo” individual en un rayo de luz (buddhi, elemento supraindividual del ser humano) que lo “conecte” con su Ser originario, con su Sí Mismo (Atmâ).

Porque la transmutación alquímica es el “trabajo iniciático”, o sea el “paso” gradual del conocimiento especulativo de la doctrina metafísica y cosmogónica a su conocimiento operativo, efectivo y encarnado.

En el Arte hermético la “disolución” tiene que ver con la liberación o desenlace de ligaduras de tipo psicológico, y se corresponde con el proceso de purificación y regeneración alquímica, simbolizada por la sucesiva transmutación de los “metales impuros”. La verdadera y genuina “disolución”, o Liberación, es de orden metafísico y estrictamente espiritual pues es la absorción de lo “condicionado” en lo “no-condicionado”. Pero antes el alma se ha de purificar enteramente coagulando en un “cuerpo de luz intelectual”, o como dicen los textos alquímicos:

“este Mercurio celeste es espíritu en estado lucidísimo… naturaleza en sí misma brillante y transparente, casi diáfano, y de luz… no sometida a mezcla ajena alguna ni a ninguna pasión; acto de pura inteligencia, y con luz invisible e incorpórea, que es causa de esta luz visible”. (Cesare della Riviera: El Mundo Mágico de los Héroes).

“Fundidos, pero no confundidos” decía con toda lucidez el Maestro Eckhart para referirse al resultado de esa transmutación interior, que es un proceso operado por el “fulgor ígneo del dragón”, que aunque de naturaleza celeste -pues está dotado de alas- vive encadenado en el interior de la tierra. Ese fuego invisible, pero infinitamente más poderoso que el visible, es el principal agente de la transmutación de los “metales impuros”, capaz de licuarlos y devolverles su naturaleza original. Dicen de nuevo los textos alquímicos que sin ese fuego la “Materia de Obra” –equivalente a la “piedra bruta” de la Masonería- es algo inútil:

“y el Mercurio Filosófico es una quimera que sólo vive en la imaginación. Todo depende del Régimen de Fuego”.

El fuego del dragón alquímico es la propia energía de la kundalini: es a ella a la que hay que “despertar” de su “sueño” confortable, de su “beatífico confort espiritual”, para con su potencia renovada por una voluntad de ser, también indubitable, comenzar a ascender por el eje del “cuerpo sutil”, por la geografía del “alma viviente” (jivâtma), que no se distingue de Atmâ sino de manera totalmente ilusoria. Ese “espejismo”, producto de mayâ, crea la ilusión de separatividad entre el “yo” y el “Sí Mismo”. Saber esto, e interiorizarlo, es un jalón en el camino del Conocimiento.

Atraídos por la “Luz intelectual” emprendamos el viaje por esa geografía de lo invisible, ascendiendo por los sucesivos “estados de conciencia” que articulan todo su recorrido hasta alcanzar y “coronar” la cúspide. En el simbolismo constructivo esa cúspide es una piedra de diamante, “brillante y transparente”, el resultado de la transmutación de la piedra tosca. De esa piedra diamantina, símbolo del Conocimiento mismo, está hecha la copa del Grial. “Advertí que mi alma estaba vacía cuando fue llenada”.
Dragón alquímico

martes, 12 de enero de 2016

MASONERÍA. SÍMBOLOS Y RITOS

MASONERIA. Símbolos y Ritos.


CONTRAPORTADA
"La Masonería, organización iniciática integrada dentro de la gran corriente del Hermetismo, remonta sus orígenes históricos a la época de los constructores medievales, conocidos como los free-masons o franc-masones (los "albañiles libres"), si bien éstos eran depositarios de una herencia mucho más antigua, como atestiguan las propias leyendas masónicas con genealogías que se remontan a la construcción del Templo de Salomón, e incluso mucho más allá, a los tiempos antediluvianos y primordiales. Esa herencia es la que ha recibido la Masonería actual a través de los símbolos de la construcción (como los números, las formas geométricas y las herramientas), a saber: que ante todo se trata de los vehículos de la edificación interior, del templo espiritual, que está en la esencia misma de lo que ha sido y es la Masonería, la cual nos enseña a conocer el sentido iniciático de su Arte, pues sólo a través de ese conocimiento podemos realizar, u operar en nosotros mismos, los principios derivados de él. El Arte Constructivo también es llamado el "Arte Real", idéntico a la "Gran Obra" de la Alquimia, y numerosos símbolos masónicos están directamente vinculados con la enseñanza alquímica, constatando además la existencia de una geometría sagrada empleada por igual por los filósofos herméticos y los constructores para la descripción de la Cosmogonía, concebida como una Arquitectura o Harmonia Mundi".

CAPITULO I
EL SIMBOLISMO MASONICO
       El símbolo y el rito
       La Logia, imagen simbólica del Mundo

CAPITULO II
LA INICIACION MASONICA
       Arte constructivo
       La transmutación de la piedra bruta

CAPITULO III
EL RITO DE APERTURA Y CLAUSURA DE LA LOGIA
       La Apertura
       La Clausura

CAPITULO IV
ALGUNOS SIMBOLOS Y RITOS MASONICOS
       El Rito
       La Cámara de Reflexión
       Signos de orden y de reconocimiento
       Lazos y Nudos
       El Altar
       Los Tres Pilares
       El cuadro de Logia
       Trazado del primer grado
       El simbolismo del Ternario
       La Plancha de Trazar
       Los Compañeros
       El símbolo y el rito de la Cadena de Unión

CAPITULO V
ASPECTOS SIMBOLICOS DE ALGUNOS RITUALES OPERATIVOS

CAPITULO VI
EL TEMPLO DE SALOMON EN EL SIMBOLISMO MASONICO

CAPITULO VII
LA MASONERIA Y RENE GUENON
       1.La influencia de René Guénon en la Masonería
       2.La Masonería en la obra de René Guénon

APENDICE
EXPLICACION DE LA TABLA DE ESMERALDA POR HORTULANO
Bibliografía

libros













lunes, 11 de enero de 2016

Los Ciclos Cósmicos


Sin embargo, entre todos los ciclos existen rigurosas correspondencias y analogías, es decir proporciones y relaciones mutuas, de tal manera que un ciclo pequeño reproduce en su escala las mismas fases de un ciclo más grande, y viceversa. Esto se aprecia particularmente en el ciclo del año, al que podemos considerar como un modelo en su escala de los grandes ciclos cósmicos. De hecho la expresión "Gran Año", empleada por muchas culturas antiguas, como la griega o la caldea, alude precisamente a uno de esos ciclos, concretamente al que hace referencia a la mitad de la precesión de los equinoccios, que es exactamente de 12.960 años, y que supone una medida fundamental para conocer la duración exacta del ciclo completo de la humanidad, llamado Manvántara en el hinduismo, y que según los datos tradicionales es de 64.800 años.   Por otro lado, todos los números cíclicos están vinculados a la división geométrica del círculo, como se advierte por ejemplo en la rueda zodiacal. Esta rueda es imaginaria, pues supone la división en doce partes iguales de la línea de la eclíptica, trazada por el recorrido aparente que el sol cumple anualmente alrededor de la tierra, aunque sea ésta en verdad la que se mueve en torno al sol. Cada una de esas doce partes tiene 30 grados, lo que da el total de 360 grados (= 12 x 30), que son los de la circunferencia misma. Precisamente la rueda zodiacal es considerada como el "reloj cósmico" por excelencia.  Ella regula, es decir ordena y hace inteligible para el hombre, la recurrencia periódica del acontecer cíclico, al traducirlo cronológicamente con medidas exactas de tiempo, ya se trate del año o de la precesión de los equinoccios, expresando así a nivel sensible el orden invariable de las leyes sutiles que gobiernan la "máquina del mundo". Este fenómeno astronómico de la precesión de los equinoccios es el resultado de un tercer movimiento de la tierra distinto al de rotación y de traslación, el cual es ocasionado por las diferentes atracciones gravitacionales que ejercen el sol, la luna y los planetas sobre la banda ecuatorial terrestre. Esto hace que la tierra recule sobre sí misma en sentido contrario al de rotación, lo que motiva que el sol, en su movimiento aparente, se retrase casi un minuto (exactamente 50 segundos) cada año en llegar al punto vernal, o equinoccio de primavera, que es la entrada en el signo de Aries. El sol recorre entonces precesionalmente un grado de la circunferencia zodiacal cada 72 años, 30º en 2.160 años (= 30 x 72), y los 360º en 25.920 años (= 2.160 x 12). Asimismo, como el eje terrestre está inclinado 23º 27' con respecto al eje de la eclíptica, es decir que no es perpendicular al de su órbita, resulta que ese movimiento precesional hace que la tierra gire como si fuera una peonza (es decir basculando), con lo cual si prolongamos ese eje sobre el fondo celeste, observamos que éste traza un círculo completo al finalizar el movimiento de precesión, es decir cada 25.920 años. Como veremos más adelante, todo esto es sumamente importante, tanto astronómica como simbólicamente, pues es ese punto de la bóveda del cielo que la prolongación del eje terrestre señala, el que constituye verdaderamente nuestro polo celeste, es decir el centro en torno al cual gira todo nuestro universo visible.   Hablando del ciclo de 2.160 años (que recordemos representa 30º en el recorrido de la rueda zodiacal) diremos que éste es llamado "Gran Mes" en algunas tradiciones, correspondiendo entonces a una "era zodiacal", pues el sol en su recorrido precesional tarda justamente 2.160 años en recorrer un signo zodiacal, atravesando también las doce constelaciones que llevan los mismos nombres que los signos. Es el recorrido por esas constelaciones el que determina estas eras, a las que siempre se ha concedido una gran importancia al considerárselas como "ciclos de civilización". Pero de las "eras zodiacales", así como del fenómeno astronómico de la precesión de los equinoccios, se ha hablado detallada y ampliamente en varios artículos del Nº 15-16 de SYMBOLOS,2 por lo que remitimos al lector a todo cuanto ya se dijo, aunque lógicamente tendremos que referirnos de vez en cuando a lo allí expuesto debido a la naturaleza de lo que aquí intentamos explicar de manera muy resumida: el carácter cíclico de la historia y la geografía, pero destacando sobre todo algunos de sus aspectos simbólicos, siempre vinculados a las leyes del cosmos y a los principios de orden espiritual y metafísico.  En términos generales todo ciclo representa el proceso de desarrollo de un estado cualquiera de manifestación, ya se trate del estado de un ser o de un mundo, y en el caso de la historia humana, del proceso de sus culturas y civilizaciones sometidas, en su realidad horizontal, a las leyes inexorables de los ritmos y ciclos cósmicos. Hemos dicho anteriormente que esa historia, desde su principio hasta su fin, está comprendida dentro del Manvántara, el cual se divide en cuatro edades o períodos, siguiendo así el modelo cuaternario de todo ciclo. Pero a su vez el Manvántara está comprendido dentro de un ciclo más grande, llamado Kalpa, el cual representa el desarrollo completo de un mundo o cosmos. No existe un ciclo más extenso que el Kalpa, pues él contiene en su inmensidad temporal todos los ciclos de ciclos posibles. Un Kalpa contiene catorce Manvántaras, divididos en dos series septenarias. Según la tradición hindú nuestro Manvántara actual es precisamente el último de la primera serie, y todavía faltarían siete más para que finalice el presente Kalpa. Al final de éste se produce lo que se denomina un pralaya, que representa una disolución o reabsorción del tiempo cósmico en el seno de Brahma, el dios creador. Se dice que un pralaya dura tanto como un Kalpa, y si éste es un día de Brahma, un pralaya es una noche. Pero tras esa noche, un nuevo Kalpa nace, y a un Kalpa sucede otro, en forma indefinida, y todo el conjunto de Kalpas constituye el desarrollo íntegro de la existencia universal, conformando así la "cadena de los mundos", compuesta de 360 Kalpas o un "año de Brahma", finalizado el cual acaece un Mahapralaya, la "gran disolución". La vida de Brahma es de 108 de esos años, pero cuando un Brahma se acuesta, otro se levanta, y su número no tiene fin, y a este respecto dice un texto hindú:  "¿Tendrás la presunción de contarlos?"3   Ante la perspectiva de la inmensidad de un tiempo que se agota y renace indefinidamente, no tenemos más remedio que relativizar nuestro propio tiempo particular e individual, que se nos revela como totalmente ilusorio y evanescente ante la asombrosa realidad de los grandes ciclos cósmicos. Pero no podemos sustituir una ilusión por otra ilusión, pues en el fondo de lo que se trata es de concebir que más allá de ese encadenamiento sin fin, de esa perpetuidad cíclica, existe una realidad inmutable: el dominio del Ser y los principios eternos, no sujetos al cambio y al devenir. Lo que queremos decir es que el conocimiento de la verdadera naturaleza del tiempo cíclico se ha de convertir en un soporte simbólico significativo que nos permita acceder a esa realidad, dado que nada de lo que se manifiesta tiene su fin en sí mismo, sino que es tan sólo el reflejo de las causas que permiten el desarrollo de su existencia dentro de un enmarque inteligente e inteligible, y que no es otro que el propio cosmos. En este sentido, un componente esencial de todas las cosmogonías tradicionales es el tiempo mítico, que en verdad es un no-tiempo al referirse siempre a los orígenes anteriores al tiempo, pues como dice René Guénon también existen orígenes atemporales. A ellos aluden constantemente todos los mitos creacionales, que se constituyen en un centro o eje fijo en torno al cual se ordena y desarrolla la vida y la cultura de una civilización tradicional. El tiempo mítico es el tiempo sagrado, el tiempo real y verdadero, aquel en el que los dioses hablan a los hombres y les revelan lo esencial, lo que han de saber para que su existencia, es decir su propia historia y realidad personal, signifique algo más que una anécdota en el inmenso océano de lo creado, en constante devenir.   En su libro Mitos y Símbolos de la India4 el historiador Heinrich Zimmer recoge un relato hindú donde se cuenta una de esas historias ejemplares que permiten la ruptura del tiempo reincidente y la posibilidad de actualizar aquí y ahora ese tiempo mítico y sagrado, que siempre "es" y no cambia nunca. Se trata de las aventuras acaecidas a Indra, el rey de los dioses, el cual siente un orgullo desmedido tras vencer al dragón Vrtra, que representa el caos primigenio anterior al orden cósmico. Para celebrar su victoria, Indra manda al dios arquitecto Visvakarman construir el más bello palacio jamás visto. Pero Indra nunca se siente satisfecho, lo que acaba con la paciencia de Visvakarman, quien se queja a Brahma, el cual promete interceder en su ayuda ante Vishnu, el Ser Supremo. Vishnu acepta, y tras transformarse en un niño harapiento visita a Indra en su palacio, dispuesto a sanarlo de su orgullo y devolverlo a la realidad. Sin revelarle su identidad, Vishnu le habla de los innumerables Indras que hasta ese momento han poblado los innumerables universos, cada uno con sus indefinidos Manvántaras y Kalpas, es decir le muestra la naturaleza del tiempo cíclico, que siempre cambia y "nunca" es. En un momento dado aparece en el palacio una procesión de hormigas, y ante esa visión Vishnu suelta una gran carcajada. Cada una de esas hormigas fue en su momento un Indra, dice Vishnu. En virtud de sus acciones pasadas cada una ascendió al rango de Rey de los Dioses, pero ahora, tras multitud de transmigraciones cada uno se ha convertido otra vez en hormiga. Indra comprende entonces el error de su vanidad y orgullo, recompensa abundantemente a Visvakarman y renuncia a agrandar su palacio.   En Imágenes y Símbolos5 Mircea Eliade resume el texto de Zimmer y reflexiona posteriormente sobre su contenido. En este mito, señala Eliade, Indra recibe de Vishnu una historia verdadera: "la verdadera historia de la creación y destrucción eterna [perpetua, diríamos más bien nosotros] de los mundos, al lado de la cual su propia historia, las aventuras heroicas sin fin que culminan en la victoria sobre Vrtra parecen ser, en efecto, 'historias falsas', es decir carentes de significación trascendente. La historia verdadera le revela el Gran Tiempo, el tiempo mítico, que es la verdadera fuente de todo ser y de todo acontecimiento cósmico. Porque puede superar su 'situación' condicionada históricamente, y porque logra romper el velo ilusorio creado por el tiempo profano, es decir, por su propia 'historia', Indra sana de su orgullo y su ignorancia; en términos cristianos, se 'salva'. Y esta función redentora del mito no sólo vale para Indra, sino también para cada uno de los humanos que oyen su aventura. Trascender el tiempo profano, encontrar el Gran Tiempo mítico, equivale a una revelación de la realidad última. Realidad estrictamente metafísica, a la que no puede llegarse sino a través de los símbolos y los mitos". "En la perspectiva del Gran Tiempo, continúa Eliade, toda existencia es precaria, evanescente, ilusoria. Consideradas sobre el plano de los ciclos y ritmos cósmicos mayores, sobre el plano de los Kalpas y los Manvántaras, resultan efímeras, y en cierto modo irreales, no sólo la existencia humana y la historia en sí misma -con todos los Imperios, Dinastías, Revoluciones y contra-revoluciones sin fin-, sino que también el Universo mismo se vacía de realidad porque los Universos nacen continuamente de los innumerables poros del cuerpo de Vishnu, y desaparecen como una pompa de aire que estalla en la superficie de las aguas. La existencia en el tiempo, ontológicamente es una inexistencia, una irrealidad. Esta mesa es irreal no porque no exista en el sentido propio del término, porque fuera una ilusión de nuestros sentidos, ya que no es una ilusión: existe en este preciso momento; esta mesa es ilusoria porque ya no existirá dentro de 10.000 ó de 100.000 años. El mundo histórico, las sociedades y civilizaciones construidas penosamente por el esfuerzo de millares de generaciones, todo eso es ilusorio, porque en el plano de los ritmos cósmicos, el mundo histórico dura el espacio de un instante".   En la inmensidad de los grandes ciclos, el tiempo de una vida particular es, en efecto, insignificante. Y sin embargo reconocer este hecho es situar precisamente esa vida en su auténtica dimensión y en el lugar que le corresponde dentro del concierto de la existencia cósmica, pues como dice finalmente Eliade, "lo importante no es siempre renunciar a la situación histórica, esforzándose en vano por alcanzar el Ser universal, sino conservar constantemente en el espíritu las perspectivas del Gran Tiempo, mientras en el tiempo histórico se continúa realizando el propio deber".6   En el marco de una cultura arcaica y tradicional ese deber consiste esencialmente en el cumplimiento por parte del ser humano "de lo que fue hecho en el origen", es decir en vivenciar y actualizar en el tiempo histórico (mediante su ritualización periódica) la realidad sagrada manifestada en el relato mítico, realidad expresada también a través de los códigos simbólicos (igualmente revelados) como vehículos sensibles que son de las ideas y los principios universales.7 Es de esta manera como la historia, y la existencia humana, adquiere un sentido superior y trascendente, viviendo de acuerdo a esa enseñanza y teniendo la conciencia permanente del "Centro del Mundo" y su conexión constante con él mediante la comprensión de lo revelado por los mitos y los códigos simbólicos, que, en efecto, articulan y estructuran todas las manifestaciones de una cultura tradicional (su arte, su ciencia, su filosofía, su cosmogonía y su metafísica), ya sea en las más primitivas y arcaicas como en las grandes civilizaciones históricas. 
En palabras de Guénon, ese "Centro del Mundo" (que es simultáneamente el "centro del tiempo" y el "centro del espacio") es atravesado por el sûtrâtmâ o "hilo de Âtmâ", es decir por el Gran Espíritu, y constituye el eje vertical o "hálito sutil" que sostiene a los mundos y a todos los seres manifestados, a los que "hace subsistir y sin el cual no podrían tener realidad alguna ni existir en ningún modo". Y añade: "Cada mundo, o cada estado de existencia, puede representarse por una esfera que el hilo atraviesa diametralmente, de modo de constituir el eje que une los dos polos de la esfera; se ve así que el eje de este mundo (o de cualquier ciclo de manifestación) no es, propiamente hablando, sino un segmento del eje mismo de la manifestación universal, y de este modo se establece la continuidad efectiva de todos los estados incluidos en esa manifestación".8