Toledo-Tula-Toletum-Toledoth-Tulaytula. Centro Sagrado de la Península Ibérica

A mi hijo Daniel



Toledo. Civitates Orbis Terrarum, de Braun y Hogenberg, Libro V, 1598

La poderosa atracción que ejerce la ciudad de Toledo no procede únicamente de sus magníficos edificios que expresan los distintos estilos arquitectónicos de las diferentes culturas que cohabitaron en ella durante la Edad Media hispánica (la cristiana, islámica y judía), que al fin y al cabo están hechos de piedra y de materiales expuestos a la corrosión del tiempo, sino que esa atracción procede precisamente del espíritu que los alumbró, y que también hallamos en los fragmentos arqueológicos de su pasado visigodo, romano y celtíbero. Pero debajo de ese Toledo visible se ocultan vestigios de culturas aún más remotas, como sucede ciertamente con muchas de las ciudades y pueblos milenarios repartidos por toda la Península Ibérica, que los antiguos cronistas describían como la "Tierra de los Antepasados". Es ese espíritu el que queda impreso en el alma de quien visita Toledo y se deja seducir por su atmósfera sutil, intangible, la que incluye la idea que prohijó la síntesis cultural gestada al amparo del ciclo medieval. 

Pero en tanto que ciclo histórico esa época ya pasó y sería caer en un "idealismo" anacrónico francamente inútil querer revivirla en sus aspectos formales. No se trata en ningún caso de eso. Los historiadores podrán describir detalladamente el proceso que articuló la vida y la cultura de aquel período fecundo, pero será sólo el instante fugaz de una intuición nacida del corazón el que aprehenderá verdaderamente lo que significa Toledo, y significó ciertamente para sus fundadores míticos e históricos. La libérrima Toledo es la madre que ha cobijado, y cobija, a muchos hijos bajo su manto milenario. 

Queremos decir que permanece el mensaje de un legado universal por todos ellos recibido y transmitido, que como el que revela toda verdadera obra de arte del espíritu, permanece inalterable a lo largo del tiempo; de ahí que pueda ser reactualizado en uno mismo, es decir, que la memoria por ese mensaje conservada despierte la nuestra propia y nos permita acceder a la realidad de un "mundo otro" en donde lo simultáneo y atemporal se inserta y conjuga con lo sucesivo del tiempo, haciendo posible, por tanto, que la revelación de ese mundo atemporal sea para nosotros de una permanente y fecunda actualidad. La causa que generó el esplendor de aquella civilización que atrajo las miradas de todo Occidente, y de Oriente, no murió con ella y su hálito pervive secretamente en la irradiación luminosa de los símbolos que se encuentran por doquier, así como en la leyenda y el mito, e incluso en la propia geografía y toponimia de la ciudad, igualmente simbólicas. En efecto, la geografía y la historia se entreveran en Toledo y urden su identidad. 

Casi circundado por el Tajo (al que los cronistas y poetas árabes describen como un "río parejo a la Vía Láctea") [1] la cima del monte sobre la que se asienta Toledo estuvo consagrada a Venus por los romanos, pasando a ser para estos el numen tutelar de la ciudad, según relatan geógrafos como Estrabón y astrónomos como Ptolomeo. Esto último es quizás un dato importante para conocer las razones profundas de por qué los momentos culminantes de la historia de Toledo estuvieron presididos por ese espíritu de concordia y conciliación de los contrarios que precisamente constituyen dos de las principales virtudes atribuidas a la diosa de las Artes y la Belleza. 

Pero no solo es la influencia de Venus sino también la de Mercurio la que se ejerce en Toledo desde siempre, tal y afirma en su Descripción de la Imperial Ciudad de Toledo y Historia de sus Antigüedades (1605) el humanista español  Francisco de Pisa, de ascendencia sefardita:


"Tiene Toledo el cielo y sus influencias muy prósperas y benéficas. Está sujeta al signo de Virgo, que es casa y exaltación del planeta Mercurio, que ha sido y es causa de inclinar a sus moradores a las ciencias especulativas y artes de industria, como se ha mostrado siempre por los sutiles ingenios de toledanos, entre los cuales ha habido y hay personas excelentes en ciencias, muy nobles y naturalmente animosos".


Sabedor de esas influencias venusinas y mercuriales, propicias para las artes, las ciencias y el pensamiento filosófico (Mercurio es Hermes), el rey sabio Alfonso X creó en su corte toledana las condiciones para que se diera en ella ese "crisol cultural" que iba a ser el puente por donde Oriente se comunicaría con el Occidente cristiano. La Escuela de Traductores fue una de sus expresiones más fértiles y afortunadas, y se crearon otras semejantes a ella en distintas ciudades, como Sevilla y Murcia. Recordemos que Alfonso X fue el verdadero artífice de la idea de España concebida como resultado de la unión conciliadora de las tres culturas, judía, cristiana e islámica, y que antes de él ya vislumbró su padre Fernando III el Santo, e incluso los diferentes califas omeyas cordobeses. Esa unión es también la de Oriente y Occidente, la que está simbolizada por el águila bicéfala imperial (que mira simultáneamente hacia la derecha, el Oriente y hacia la izquierda, el Occidente), y que preside el escudo heráldico de la ciudad, auténtico oráculo revelador de su destino histórico y suprahistórico. 


En su Primera Crónica General (compendio de la historia sagrada de la humanidad) Alfonso X describe en estos términos los orígenes míticos de Toledo y su fundación legendaria, en los que siempre aparece Hércules, héroe solar civilizador de las culturas mediterráneas: 

"Y él [Hércules] fue a aquel lugar donde después fue la ciudad de Toledo, que era entonces una gran montaña, pero hoy tiene dos torres (...) Y éstas las hicieron dos hermanos, hijos de un rey de nombre Rocas, y era de tierra de oriente, de la parte que llaman Edén, allí donde dicen las historias que es el paraíso donde fue hecho Adán...".

Dicha leyenda se complementa con esta otra muy difundida en el Toledo medieval: 

"Cuando Dios hizo el sol lo puso sobre Toledo, cuyo primer rey fue Adán". 

Quien suponga que todo esto es fruto de la fantasía y no advierta que en realidad se trata de una asimilación simbólica entre el origen del linaje humano y la fundación de Toledo (asimilación que es común en los mitos fundacionales de todas las culturas tradicionales), que repare, por ejemplo, en el nombre latino de Toledo, Tulatu o Toletum, que según los antiguos manuscritos significa "la alegría de sus habitantes", y después advierta que el significado de la palabra Paraíso es precisamente "alegría", la cual ha de entenderse no solo como un estado del ánimo (que también), sino sobre todo como un estado del espíritu. Pero esto no es todo, pues Tulatu (de donde deriva la Tulaytula árabe y el Toledoth hebreo, que quiere decir "Generaciones" y también "Historia" según algunos), es idéntico a Tula (la Thule griega) que fue el nombre dado a la sede de la Tradición primordial antes de que pasara a denominarse Paraíso o Edén, y más tarde Agartha, palabra que quiere decir "inviolable", o "inaccesible" por la propia naturaleza de lo que simboliza. 

En este sentido, Tula también es llamada la "Tierra del Sol", o lo que es lo mismo, una "Tierra" (o mundo) permanentemente iluminada por la "luz" del Espíritu. Asimismo, la raíz tl de Tula o Tulatu la encontramos en Aztlán (o Atlántida), "la tierra en el medio de las aguas" y de donde decían proceder los antiguos toltecas mexicanos, cuya capital, precisamente, se llamaba Tula[2] 

Lo que todo esto expresa en realidad es que tanto el Toledo antiguo como la Tula y la Aztlán de los toltecas y otros lugares con idéntico nombre que no hemos mencionado, fueron en su momento reflejos en el mundo terrestre, en el espacio y el tiempo, de la "Ciudad del Cielo", es decir de centros espirituales emanados más o menos directamente de la Tula o Paraíso original. [3] Hemos querido destacar todas estas correspondencias para comprobar cómo esas leyendas reposan sobre una verdad simbólica que la etimología, como la propia geografía y la historia sagrada no hacen sino expresar a su manera.
[4]  

En este sentido, no está de más recordar que todo mito sagrado tiene un fundamento real, tanto si se refiere a hechos que tienen que ver con el transcurrir de la historia de un pueblo, como si a través de él se quieren vehicular ideas y valores de orden espiritual destinados a cohesionar una cultura y a todos los integrantes de la misma. Relatan lo que es esencial saber para que la irrealidad de la existencia adquiera un sentido, un significado que siempre tendrá su raíz en una verdad de orden cosmogónico y metafísico. 

Continuemos con la "Crónica" de Alfonso X: 

"Y desde que (Hércules) fue allí donde ahora es Toledo, vio que aquel lugar era más en medio de España que ningún otro, y había una gran montaña, y entendió por su saber que allí habría de haber una gran ciudad, pero que no la poblaría él. Y hizo una gran cueva en la que se metió...". [5]

Lo que es una realidad física (el monte toledano, que está formado por doce pequeños collados -en correspondencia con las doce constelaciones zodiacales-, contiene en efecto dentro de él una intrincada red de pasadizos subterráneos y bóvedas hipogeas) se convierte además en una realidad simbólica y metafísica.[6] La montaña y la caverna son imágenes del eje y del centro del mundo, y por tanto espacios propicios para establecer la comunicación entre el Cielo y la Tierra, razón por la cual casi todos los templos y lugares sagrados se situaban tanto en las cimas de las montañas como en el interior de las cavernas. Y ello se destaca aún más cuando la montaña y la caverna se encuentran en el centro mismo de un espacio geográfico, como es aquí el caso.


Todo ello convierte a Toledo en el verdadero ónfalos (ombligo) de la Península Ibérica donde coincidieron la realidad de un espacio y un tiempo mítico y la manifestación de una energía y un poder espiritual que ordenó la cultura y la civilización de los antiguos pueblos hispanos hasta el Renacimiento, donde pasaría a ser la capital del Imperio hispano, que incluía dentro de él a gran parte de América, a la que Francis Bacon denominó la "Nueva Atlántida". Por consiguiente, pensamos que Alfonso X no se limitó únicamente a recoger esas leyendas, sino que quiso destacar sobre todo el carácter "central" de la ciudad que él había heredado de sus antepasados, y que gracias a su espíritu integrador convertiría en el "jardín cerrado" (hortus conclusus) o "vergel alquímico" donde crece el Árbol del Conocimiento y se cultivan, presididas por la ley de armonía, todas las artes y ciencias del saber universal. 

En el mismo contexto habría que incluir esas otras leyendas que hablan de la misteriosa "Mesa de Salomón" que se encontraba en la "Cueva de Hércules" antes mencionada. Se dice que esa Mesa fue mandada hacer por el rey Salomón para el Templo de Jerusalén, trasladándose posteriormente a Toledo después de la destrucción de aquél. Las descripciones que de ella nos han llegado proceden sobre todo de autores árabes, como el geógrafo al-Idrisi. La Mesa era de oro y plata, y su forma circular estaba bordeada por tres hileras de piedras preciosas, una de perlas, otra de rubíes y otra de esmeraldas, que simbolizaban el Cielo de las Estrellas Fijas. Sobre su superficie había dibujados doce panes, que representaban los doce signos del Zodiaco, y en donde también aparecían incrustadas siete piedras preciosas más, que a su vez simbolizaban los siete planetas.[7] Estaba sostenida por 365 pies de oro, que aludían a los días del ciclo anual y del calendario luni-solar. Como podemos ver nos encontramos ante un símbolo de la propia estructura cósmica y celeste, pero al mismo tiempo es un objeto sagrado que alude a la constitución de un "centro espiritual" que tuvo su sede en Toledo manifestándose en diferentes períodos de su historia. 

Por otro lado, es muy probable que la denominación de "Jerusalén de Occidente" dada a Toledo durante la Edad Media tuviera su origen en esta leyenda y en los sucesos acaecidos en torno a ella. Se trataba en cualquier caso, de identificar espiritualmente y ver en la ciudad castellana una imagen o reflejo de la propia Jerusalén, la "Ciudad de la Paz" y Centro del mundo para las tres religiones abrahámicas. ¿Y no fue en cierto modo Toledo en determinados momentos de la Edad Media y concretamente durante el reinado de Alfonso X, un punto de referencia "central" no sólo para la España de las tres culturas sino también de la Cristiandad medieval? [8] 

Absorto en estas reflexiones, cuando el viajero abandona Toledo advierte que su memoria se ha refrescado en las aguas siempre vivas del símbolo, el mito y la leyenda, las que fertilizan el ahora presente abriéndole a una realidad mucho más universal y al mismo tiempo más próxima a su verdadero ser. Recuerda el epitafio inscrito en una de esas lápidas que vio en la judería toledana: "Atesórase en esta sepultura un asperjador hijo de asperjador varón... su gloria está en las regiones de la Vida, pues hizo descender la lluvia...".  Francisco Ariza

Biblioteca Hermética
Miscelánea de Pensamientos Herméticos
El Taller. Estudios Masónicos y Simbólicos 
La Obra de Federico González. Simbolismo, Literatura, Metafísica


Escudo heráldico de Toledo, que es básicamente el del Imperio Hispano, que antes de que se materializase con Carlos V, ya fue una idea que germinó en los reyes leoneses y castellanos, y que tuvo en Alfonso X el Sabio su principal valedor en el siglo XIII


"Crónica de Alfonso X" en una edición del siglo XVI (Valladolid)


Alfonso X el Sabio junto a sus colaboradores de la Escuela de Traductores de Toledo. 
Libro de los Juegos


La "Cueva de Hércules"


Artesonado mudéjar del Monasterio de San Juan de los Reyes


Techo de una antigua mezquita toledana, convertida posteriormente en iglesia bajo el nombre de Cristo de la Luz


Arcos de herradura visigodo-califal en una sinagoga judía, convertida en iglesia bajo el nombre de Santa María la Blanca


Sinagoga del Tránsito


Sinagoga del Tránsito


 El Puente romano de Alcántara sobre el río Tajo. Toledo


Notas
[1] Por ejemplo el poeta Isa ibn Wakil: "Toledo supera todo lo que se cuenta. Es una ciudad donde se asienta el esplendor y el bienestar. Dios la ha adornado y ciñe su cintura el río de la Vía Láctea. Y los palacios son estrellas." 

[2] Aún hoy en día sigue existiendo en México una ciudad llamada Tula, fundada por el rey tolteca Topiltzin Quetzalcóatl.


[3] En Introducción a la Ciencia Sagrada. Programa Agartha (Módulo III, acápite 25 dedicado a Alfonso X el Sabio) leemos lo siguiente: "Por razones históricas y geográficas Toledo es el centro de la Península Ibérica. Además lo es por razones simbólicas y metafísicas, y la Tradición señala, por un lado, la antigüedad de esta ciudad que se remonta al origen de los tiempos, a saber, el tiempo mítico, y por otro, a su relación con la Atlántida, también presente en las raíces TL de su nombre".


[4] Para todo esto ver El Rey del Mundo cap. X, y Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada cap. XII, de R. Guénon.


[5] En la obra citada, el mismo Francisco de Pisa, desliza un dato que nos ha perecido significativo en cuanto al origen histórico de la ciudad de Toledo, y es cuando señala que esta fue edificada por los griegos, y que ellos la dedicaron a la memoria de Hércules, y añade que esa construcción pudo: "haber tenido su comienzo mil y doscientos y sesenta años antes del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo". Esta fecha (1260 años a.C.) coincide prácticamente con la destrucción de la Troya de Héctor y Aquiles, y aunque Francisco de Pisa no lo diga expresamente, sí que deja deslizar de manera muy sutil que Toledo (como otras ciudades del mundo antiguo, Alba Longa, por ejemplo) pasó a ser la "sustituta" de la legendaria Troya, o Ilión. Dato además importante es que los troyanos tenían en Venus y en el Apolo solar a dos de sus principales dioses tutelares.


[6] En algunas crónicas se mencionan siete collados en vez de doce, en referencia a los siete planetas. En todo caso tendríamos la imagen de una geografía sagrada que reproduce claramente un zodiaco (los 12 signos zodiacales y los 7 planetas), lo cual recuerda otros lugares significativos, como es el caso de Glanstonbury, en Inglaterra. 


[7] Esta leyenda de la Mesa de Salomón confirmaría desde la óptica de la historia sagrada lo dicho en la nota anterior.


[8] Además de los griegos el propio Francisco de Pisa menciona en su obra como fundadores de Toledo a los caldeos, los persas y los hebreos. De estos últimos menciona incluso los nombres de pueblos y ciudades que tienen la misma etimología de los que fueron fundados y existen en Judea, Palestina y Canaán, algunos cercanos a Jerusalén. Señala el humanista toledano: "Así como Escalona, a que dieron el nombre de Ascalon, pueblo en los confines del reino de Judea; y la villa de Maqueda, que corresponde al pueblo Mazeda, del que se hace mención en el libro de Josué; la aldea de Novés, dice que tomó el nombre de la ciudad de Nobe; Yepes, de Iope, pueblo de Palestina; y Aceca, responde a otra del mismo nombre ciudad de Cananea; y el cerro del Águila, que es en la Sagra, tomó el nombre de otro cerro o collado llamado Achila, donde estuvo escondido David huyendo del rey Saúl". 




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