Necesidad del Mito

Apolo. Fragmento de "La Fragua de Vulcano", de Velázquez, 1630.

La antigüedad que nosotros conocemos no va más allá de los siglos VII o VI antes de Cristo. Todo lo que sabemos de las civilizaciones anteriores a esos siglos son los fragmentos de un puzle gigantesco que jamás llegaremos a completar, y no nos referimos tanto a los restos arqueológicos (que cada vez aparecen con más frecuencia, cuestión a meditar por otro lado), como a que entre aquellas civilizaciones y nosotros existe como una especie de “barrera en el tiempo”. En efecto, esos siglos marcan el fin de un ciclo y el comienzo de otro, y en el ínterin algo comenzó a perderse, o más bien a ocultarse en algún rincón de la memoria de los hombres y mujeres de Occidente. Nos referimos al pensamiento mítico.

Fueron siglos de transición donde se fueron gestando otros patrones de pensamiento en los que el mito, tan vivo y tan presente en la concepción del cosmos de aquellas sociedades pretéritas, fue paulatinamente relegándose a un segundo plano. Pero como todo lo que es consubstancial al ser humano, y el mito lo es, este no desapareció sino que se refugió en el folklore y en otras formas menores de sí mismo, incluso en la fantasía y la quimera, hasta que llegada la era moderna se le acabó confundiendo con la pura y simple mentira. Tal fue así que se creó un vocablo nuevo para identificar a las personas que mienten compulsivamente: mitómanos.

La misma incomprensión encontramos con respecto a los símbolos, que la mayoría confunde con los signos más convencionales (por ejemplo las señales de tráfico), y no como lo que son en realidad: como la expresión sensible y concreta de una idea, como son ciertas figuras geométricas, tales el círculo y el cuadrado, que para Platón revelan la belleza absoluta por ser las imágenes que mejor sintetizan la idea de orden y armonía, y por tanto de cosmos. Son bellas porque contienen el paradigma de la Inteligencia creadora del Universo.

Negando al mito y rebajando al símbolo a una simple convención sin más recorrido, las facultades humanas que permiten el conocimiento de la realidad se fueron atrofiando y poco a poco fueron siendo sustituidas por el pensamiento racional, que es solo un fragmento de un todo mucho más grande que es el alma humana, hecha a imagen y semejanza del Alma Universal. El pensamiento racional, convertido ya finalmente en el racionalismo, solo nos ofrece una visión parcial e insuficiente de la realidad, la más inmediatamente apegada a los sentidos, pero la menos permeable a otras lecturas que solo el mito y el símbolo pueden despertar y vehicular. Nos referimos a las realidades espirituales, que son suprarracionales.

Es imposible extirpar lo que por naturaleza nos corresponde. Lo podemos esconder, incluso negar, como negamos muchas veces la existencia de Dios, pero esto no significa que no exista. De hecho, negar una cosa lleva implícita la creencia en su previa existencia. Negar la existencia de Dios es como negar la existencia del Universo, pero como ya advirtió desafiante el profeta Isaías (40: 26): “Alzad en lo alto vuestros ojos, y mirad ¿Quién los creó?”

La razón constituye un instrumento del pensamiento humano, aunque limitado a su ámbito de acción, que es el de la mente individual, la cual, sin embargo, posee otros registros menos constrictivos, puesto que puede reflejar y albergar también el Intelecto superior, o sea a las ideas mismas bajo las formas e imágenes simbólicas, y aquí el ejemplo antes aludido de Platón encaja perfectamente. La facultad racional, necesaria para la comprensión del mundo a un nivel, no sirve para comprender lo que está en un nivel superior por el hecho de la misma universalidad de este. La especulación racional sin más no va más allá del individuo, y los llamados “universales” han de encararse bajo otra luz: la luz del Intelecto.

Existen otras facultades en nosotros que, como la imaginación creadora (estimulada por las analogías simbólicas) y la intuición intelectual facilitan el acceso a esas realidades espirituales y metafísicas, que son los estados superiores de nuestra conciencia. Esos estados no han desaparecido sino que se han ocultado, como decimos. La “palabra perdida” del simbolismo masónico puede leerse también como la “palabra ocultada”, pues al igual que el río Guadiana, sus aguas emergen nuevamente a la superficie después de un recorrido subterráneo, y entonces la mirada sobre el mundo adquiere una dimensión nueva, ganando en anchura, altura y profundidad, o sea recuperando la totalidad de lo que somos. Ahí están los textos sapienciales de la Tradición Unánime creados por los padres fundadores de las culturas de Oriente y de Occidente para que, leídos nuevamente sin los anteojos de la “cultureta” y los prejuicios adquiridos, podamos recuperar la identidad olvidada.  

Al reconciliarnos con el pensamiento mítico, es decir al interiorizarlo en la conciencia, nos reconciliamos también con nuestros ancestros y estaríamos entonces mejor preparados para abordar la herencia que nos han legado a través de su arte y su ciencia, su filosofía y sus textos míticos y sagrados. Esa reconciliación, ¿no significa de algún modo el paso por la “Puerta de los Antepasados”, simbolizada por el Solsticio de Verano en muchas tradiciones, y a través de la cual penetramos en otro tiempo, el tiempo mítico tal cual lo viven los dioses, o los estados superiores, y que es simultáneo con el tiempo cíclico, que es el de todos los días? Francisco Ariza

Mi página web: https://www.franciscoariza.com/

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