El Tiempo convertido en espacio, o como “finalizar el discurso sin haber movido la lengua”



Cristo con los atributos de Apolo en el centro de la Rueda zodiacal. Siglo XI, 
Biblioteca Nacional, París

El siguiente escrito es una continuación de la nota que publicamos el 27 de diciembre pasado, en la que tratamos del tiempo como un soporte del No Tiempo, recogiendo una idea que ya Platón expuso en el Timeo cuando señaló que el tiempo es la imagen móvil de la Eternidad.

En el momento en que un ciclo temporal se agota y concluye este se reabsorbe en su principio intemporal, pues es en ese principio (de orden metafísico) donde reside la esencia de su poder regenerador. Por eso en todas las culturas tradicionales el fin del Año Viejo y el nacimiento del Año Nuevo van acompañados por una serie de ritos donde se conmemoran esos dos hechos, ya que no hay un “nuevo tiempo” con toda su potencia creadora intacta si el anterior no ha sido absorbido en su principio atemporal y eterno. En muchas tradiciones, como la cristiana, el "Año Nuevo" se personifica en una entidad divina que "nace" simultáneamente con él, destacando así la sacralidad de ese evento astronómico.

La asociación simbólica entre el cambio de piel de la serpiente y la renovación del tiempo se ajusta así a una realidad revelada ya en la propia naturaleza, que en sí misma es un símbolo de lo supranatural. Lo mismo podríamos decir del río, vinculado con la serpiente pero también con el tiempo, tanto en el sentido de su discurrir, como en el sentido del tiempo que se lleva con él todos nuestros errores, o pecados, nacidos del contacto reiterado con el mundo sublunar. Este aspecto del tiempo es purificador, pues es portador de una energía bienhechora que, en efecto, nos da la posibilidad de liberarnos del perenne transitar por la periferia de la Rueda del Mundo.

De ahí que cada nuevo ciclo temporal reproduzca en su comienzo la creación original, atemporal, traducido en un período de "felicidad" pues no existe en ese comienzo un pasado condicionante, ni tampoco un futuro, ya que nada espera y nada le falta a quien está en posesión de lo esencial y cuya vida transcurre en la contemplación de las verdades más altas. Se ha dicho que "los pueblos felices no tienen historia". Para ellos no existe una realidad que no sea la del presente, la de “un comienzo perenne”, como afirma Jacob Boheme. Viven en un tiempo dilatado, generoso, cuyos límites lindan con lo ilimitado, con lo que no tiene ni principio ni fin, con lo eterno. Pero el tiempo de los orígenes, al ser ahistórico, puede ser vivenciado en cualquier Edad, por muy alejada que esta se encuentre de esos orígenes. La comunicación con el Centro de la Rueda del tiempo (o sea con su Ser) es una posibilidad siempre presente, y ese es, de hecho, todo el sentido que reviste la aventura espiritual, que es la búsqueda de un Misterio que el tiempo porta en sí mismo, y que lo justifica como tal. Por eso San Agustín pudo decir en sus Confesiones:

"¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé"

Esa imposibilidad de explicar la naturaleza del tiempo revela su sacralidad y su pureza virginal e inmarcesible.

II

No podemos explicar el tiempo, pero sí sabemos que nuestra percepción sensible del mismo viene determinada por el movimiento en el espacio. En efecto, el tiempo no se puede medir más que reduciéndolo a espacio. Pero lo que así es medido no es la duración propiamente dicha, 

"sino el espacio recorrido durante esa duración en un cierto movimiento cuya ley se conoce; al presentarse así esta ley como una relación entre el tiempo y el espacio, se puede, cuando se conoce la magnitud del espacio recorrido, deducir de ello la del tiempo empleado en recorrerle". (René Guénon: El Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos, cap. V).

El primer movimiento de todos no es otro que el ritmo, que nace de una primera polarización de la Unidad metafísica, polarización que es la clave de todo acto creador a cualquier nivel en que este se manifieste, desde el más sutil hasta el más denso o materializado. Por eso, todo movimiento contiene dentro de sí un impulso vital que se traduce en ciclos y ritmos, que se expanden y se contraen, como lo indica perfectamente el ritmo respiratorio y el cardíaco: ambos están íntimamente ligados a la vida tanto humana como cósmica, pues el cosmos, el universo (con todas sus criaturas dentro), también respira y expira (se recrea y se destruye sin solución de continuidad) al ritmo de sus grandes ciclos, y tiene un corazón, el Corazón del Mundo, es decir su Ser, su Centro Arquetípico, cuyos latidos se acompasan al ritmo del batir del corazón humano y de toda criatura viviente. A este respecto, una de las enseñanzas más importantes de la Ciclología (que es una forma de denominar a la Cosmogonía Perenne) es restablecer a través del conocimiento de los ciclos y los ritmos la sincronía y la concordancia entre el macrocosmos y el microcosmos. 

Como decimos, el ritmo es la clave secreta que permite la correspondencia armónica entre todos los planos de la creación (la Harmonia Mundi, o "Música de las Esferas"), y está presente también en el recitado de los textos sagrados, en la oración y la invocación de los Nombres Divinos. Ritmo quiere decir cadencia, movimiento mesurado y regular. Exactamente igual que el Rito, que no olvidemos es el símbolo en acción, o sea en "movimiento", y su reiteración puede abarcar la totalidad de nuestra conciencia, conectando así los estados superiores con los inferiores, y viceversa. Rito quiere decir precisamente orden ('cosmos' en griego), y tiene la misma raíz (rt) de ritmo y por cierto de arte, y como dice Federico González, no hay mayor obra de arte que la que cada cual puede hacer consigo mismo en su interior. El modelo para ello es la propia Cosmogonía y el conocimiento de la Inteligencia que la hace posible.

Ese orden es una estructura hecha de ciclos y ritmos cristalizados en ideas que se convierten en formas para ser comprehendidas. Lo podemos ver no sólo en la danza, en la música y en el arte en general, sino también en los trazados realizados por los astros en el espacio, e igualmente en los movimientos de la Historia, con los que están imbricados. Nos referimos a los grandes períodos del Tiempo cíclico, como las Eras Zodiacales, los cuatro Yugas, o Edades, que conforman un Manvantara (Edad de Oro, Edad de Plata, Edad de Bronce y Edad de Hierro), ritmados y pautados por la Precesión de los Equinoccios (26.000 años en números redondos), la cual constituye una “medida” prototípica del tiempo en su relación con el espacio cósmico y terrestre. 

III

Los ciclos y ritmos cósmicos se caracterizan por un “movimiento” cada vez más lentificado, y por consiguiente más extenso e inabarcable, tal cual las órbitas de los planetas más lejanos y en consecuencia más cercanos al Cielo de las Estrellas Fijas, antesala de los Mundos Invisibles. Esa “lentificación” del tiempo se refleja en el alma humana, y constituye una preparación necesaria para conocer los estados superiores de la conciencia. De nuevo San Agustín en sus Confesiones

"De aquí me pareció que el tiempo no es otra cosa que una extensión; pero ¿de qué? No lo sé, y maravilla será si no es de la misma alma". 

Esa extensión ha de entenderse en todas las direcciones del espacio, es decir en esa anchura, altura y profundidad que mencionaba Clemente de Alejandría cuando hablaba del amor de Cristo. En efecto, es a través de la conquista de esos estados superiores que el alma individual se integrará en el Alma Universal (que es una con el Espíritu), abandonando así cualquier “forma” condicionante, incluida su percepción del tiempo, atrapada entre dos “ilusiones”: entre un pasado que ya no es, y un futuro que está aún por venir, para advertir así el “ahora permanente”, o “instante inasible”.

Jano bifronte. Moneda romana siglo I a.C.

A ese instante inasible se refiere precisamente el “tercer rostro” del dios romano Jano, que es invisible, pues está situado “en medio” del rostro izquierdo que mira hacia el pasado, y del rostro derecho que mira hacia el futuro.[1] El rostro invisible de Jano equivale a ese instante inaprehensible donde el tiempo no existe, siendo el que mejor expresa la Realidad incondicionada del “eterno presente”. A esto mismo se refiere también el “tercer ojo” de Shiva, que se corresponde con ajna, el chakra del Conocimiento [2]


Shiva con el "tercer ojo" destacado en el centro de su frente. Norte de la India, siglos VIII-IX. Museo George-Labit, Toulouse (Francia)

Como nos recuerda Federico González (El Ser del Tiempo. Simbolismo de los Calendarios), la “detención del tiempo” es vivenciar a este como si fuera espacio  un solo y absoluto espacio vacío[3], añadiendo a continuación que si el movimiento es la proyección espacial del tiempo, la absorción de este en lo atemporal es semejante a "finalizar el discurso sin haber movido la lengua" como reza un texto zen-budista. Francisco Ariza


Notas

[1] Ver René Guénon: "Algunos aspectos del simbolismo de Jano", cap. XVIII de Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada

[2] En relación con esto último, debemos recordar aquí el “ojo que todo lo ve” del simbolismo masónico, ubicado dentro del Delta Luminoso y que a veces sustituye al Tetragramaton (el Nombre inefable de Dios). A uno y otro lado del Delta se sitúan las imágenes de la Luna y del Sol, que se corresponden con el “ojo izquierdo” y el “ojo derecho”, respectivamente, y por ello mismo relacionados con el rostro izquierdo y el derecho de Jano.

[3] Asimismo, del mismo autor ver El Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos, cap. XXIII: "El Tiempo convertido en Espacio".


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