Acerca de Santiago Apóstol y María Magdalena

Santiago Apóstol en la catedral de Oviedo, Asturias.

En el camino de Santiago, la venera o concha de peregrino deriva su nombre de Venus (la Afrodita griega) la diosa nacida del Cielo (Urano) y por consiguiente “madre de los iniciados” en el Conocimiento. Esa misma expresión, “madre de los iniciados”, se le otorga también a la Virgen dentro del esoterismo y del hermetismo cristiano.

Esto nos hace recordar que María Magdalena, la llamada “Amiga de Cristo” y “Apóstol de los Apóstoles”, era denominada “Madre del Compañerazgo”, o sea de las cofradías de artesanos y constructores, que en la Edad Media estaban emparentados con la Masonería. Precisamente uno de los tres Ritos en que se divide el Compañerazgo se denomina “Los hijos del Maestro Jacques”, y evidentemente dicho maestro tiene mucho que ver con Santiago, o Jacobo, pues no en vano este es el patrón del Compañerazgo, como su hermano Juan Evangelista es el patrón de la Masonería.

Hemos recordado en varias ocasiones la importancia del viaje y los peregrinajes dentro del simbolismo iniciático. Estos formaban parte esencial de la formación de los Compañeros constructores, y el peregrinaje que ellos realizaban (y siguen realizando de modo testimonial) por la geografía de Francia (Tour de France) guardaba muchas cosas en común con el Camino de Santiago. No vamos a entrar ahora en esta cuestión, muy compleja y amplia, pero en lo que se refiere concretamente a las relaciones entre María Magdalena y Santiago Apóstol (que son más de lo que pudiera parecer a primera vista) ellas se enmarcan dentro de la iniciación a los misterios de la Cosmogonía, o sea de la “Rueda del Mundo”, o “Rueda Cósmica”, de ahí su vínculo con el viaje, y de los iniciados en esos misterios como los “pasantes” o “extranjeros” (peregrinus), incluso nos atreveríamos a decir “apátridas” o “exiliados”, los que habiendo nacido en este mundo han llegado a la conclusión de que no pertenecen a él, es decir que su patria no es terrestre, sino celeste, el Reino de Dios, al que pueden acceder a través de los radios o rayos que unen la Rueda Cósmica con su centro. 

Todo esto  forma parte del mismo conjunto simbólico, que hace de la venera un crisol alquímico, o sea que en ella se “acrisolan” o se “depuran” los “metales imperfectos”, símbolos de los egos y los enemigos internos que se oponen al Conocimiento. Por eso las veneras también fueron llamadas “benditeras” pues contenían el “agua de bendecir”. Se vislumbra así el nacimiento de la Estrella interior, o sea la aparición de "la luz intelectual plena de amor" de Dante en el horizonte de la conciencia humana. Esa asociación con la estrella es visible también en el hecho de que los surcos de la venera semejan los rayos (o radios) emitidos por un cuerpo luminoso.


María Magdalena, “Apóstol de los Apóstoles” (Salterio Albani, siglo XII d. C. 
St. Godehard, Hildesheim).

El peregrinaje iniciático es concebido entonces como siguiendo uno de esos radios o vías que conducen finalmente al centro de la Rueda, simbolizado por los lugares sagrados que se encontraban esparcidos a lo largo y ancho de la geografía de la antigua Cristiandad europea, como el de Santiago de Compostela, o el de la Sainte-Baume (en la Provenza), donde estuvieron las reliquias de María Magdalena antes de su traslado a la basílica de Vézelay (Borgoña), la cual es divisada por el peregrino desde la Croix de Montjoie, nombre idéntico al “Monte del gozo”, desde donde puede verse Santiago de Compostela.

Hemos de tener en cuenta que los peregrinajes, al igual que la propia vida de la que son inseparables (pues uno busca el Conocimiento entregándose enteramente a él), están llenos de peligros y de obstáculos, de “enemigos” que nos asaltan repentinamente, y ha de saberse que esto forma parte consubstancial de la enseñanza del viaje mismo, y todo lo que sucede en él, “malo” o “bueno”, pasa a ser significativo, o sea se hace símbolo de “otra cosa”, de una realidad que se revela a través de las formas más inesperadas, y donde el azar se hace instrumento del destino, que no es otro que el de llegar al centro de nuestro ser (donde está oculto el Reino de Dios), pese a que tengamos que caer y levantarnos numerosas veces, como Cristo en su viaje hacia el monte Calvario cargando con “su cruz”. Como nos recuerda Federico González:

“la peregrinación en busca de lo sagrado debe considerarse como una exhaustiva procesión venciendo obstáculos, tal como lo fue, en su momento, el Camino a Santiago”.

Y a continuación señala:

“En la actualidad este esfuerzo físico para alcanzar algún objetivo futuro, o cumplir una promesa, igual que para pedir un milagro, suele ser una imagen literal de aquello en lo que se ha convertido ese Camino para algunos y si todo esto se toma de ese modo se ha perdido el tiempo aunque se haya recibido una respuesta emocional al respecto”. (Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos: “Peregrinaje”).

Volviendo de nuevo a María Magdalena y Santiago Apóstol, no deja de ser significativo que el tiempo litúrgico donde caen sus festividades respectivas se corresponden con el de mayor intensidad solar, con el triunfo de la luz en definitiva, que además coincide con los “días caniculares” y la entrada del sol en el signo de Leo, el cual se inicia el 22 de Julio, festividad precisamente de María Magdalena, en tanto que la de Santiago es el 25. Lo que no es tan conocido son los vínculos espirituales que unen a estos dos últimos con San Víctor y Beatriz de Roma, dos mártires cristianos cuyas festividades caen el 28 y 29 de Julio. Se da la circunstancia de que el nombre de Víctor deriva de Viator, “viajero”, y María Magdalena era además la patrona de los peregrinajes al Santo Sepulcro de Jerusalén, y llamada por ello Viatrix (el femenino de Viator), la cual derivaría en Beatrix y de esta en Beatriz, “bienaventurada” o “portadora de felicidad”. Un hilo muy sutil une entonces a María Magdalena con el nombre de Beatriz, que naturalmente evoca inmediatamente a la Beatriz de Dante, otra insigne viajera, pues es aquella que en la Divina Comedia recibe al poeta en el Paraíso Terrestre y lo conduce en su viaje por las esferas planetarias y otros mundos supra planetarios hasta la contemplación del Empíreo, el cielo ígneo, la Ciudad de Dios, descrita así por Dante:

“Hemos salido fuera / del mayor cuerpo al cielo que es luz pura / luz intelectual, plena de amor / amor de verdadero bien, lleno de dicha / dicha que trasciende toda dulzura. / Aquí verás a ambas milicias / del paraíso, y a una con el mismo aspecto / en que la verás en la última justicia”. (Paraíso canto XXX). Francisco Ariza

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