APUNTES BIOGRÁFICOS SOBRE RENÉ GUÉNON. Francisco Ariza


René Guénon a finales de los años cuarenta del siglo pasado.

Como contribución al aniversario del nacimiento de René Guénon (Blois, 15 de Noviembre de 1886) presento este fragmento de un estudio mucho más amplio que estoy preparando sobre la obra y la figura de este insigne sabio y metafísico, que recuperó para Occidente la Ciencia Sagrada y la idea de la Tradición Unánime o Primordial. En su Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos, Federico González ha dicho sobre Guénon que fue: “El principal intérprete del pensamiento esotérico en el siglo XX; a medida que pasa el tiempo su figura se agiganta (…). Encarnación del misterio, se ha discutido entre sus lectores cómo en su tiempo –que es el nuestro– puede haber surgido un sabio y un maestro de su talla”.

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René Guénon dijo en cierta ocasión (creemos recordar que en un capítulo de El Simbolismo de la Cruz) que todo cuanto el ser desarrollará a lo largo de su existencia ya lo porta consigo en forma de germen en el momento de nacer, y es inevitable en este sentido que se establezca entre el ser y su medio (familiar, geográfico, histórico) un tejido de relaciones intangibles pero reales que formarán parte de su individualidad, que no tiene por qué negar ni estar separada de su identidad suprahumana y metafísica, es decir espiritual, cuyo conocimiento es, en definitiva, el cumplimiento de todo el proceso de la iniciación.

En la comarca de Blois lo que tenemos ante nuestros ojos es un paisaje llano, que en la antigua Galia estaba poblado no de viñedos y de trigo como hoy, sino de inmensos robledales, el árbol druida por excelencia; un paisaje que recuerda el de Castilla, o sea austero y no interrumpido por ningún accidente geográfico destacable, haciendo así más patente la presencia del cielo y la intensidad de la luz solar esparciéndose por el espacio sin obstáculo alguno. Nos imaginamos al Guénon niño y adolescente paseando y contemplado esa tierra de amplios horizontes unida al cielo por una recta infinita, y es inevitable recordar aquellas palabras que él mismo escribiría –muchos años después recién llegado a El Cairo- en aquel artículo publicado en 1930 (recogido posteriormente en el cap. III de Apreciaciones sobre el Esoterismo Islámico y el Taoísmo), titulado en árabe “Et-Tawhid”, en referencia a la Unidad metafísica:

“Ese brillo solar, es la imagen de la fulguración del ojo de Shiva, que reduce a cenizas toda manifestación. El sol se impone aquí como el símbolo por excelencia del Principio Uno, que es el Ser necesario, El que solo Se basta a Sí mismo en Su absoluta plenitud, y de quien dependen enteramente la existencia y la subsistencia de todas las cosas, que fuera de Él no serían sino nada (…) Allí, la irradiación solar produce las cosas y las destruye, las transforma y las reabsorbe luego de haberlas manifestado. No podría encontrarse una imagen más verdadera de la Unidad desplegándose exteriormente en la multiplicidad sin dejar de ser ella misma y sin ser afectada por ello, y haciendo volver luego a ella, siempre según las apariencias, esa multiplicidad que, en realidad, jamás ha salido, ya que nada podría haber fuera o en el exterior del Principio, al que nada se puede añadir y de quien nada se puede sustraer, porque Él es la indivisible totalidad de la Existencia única. En la luz intensa de los países de Oriente, basta con ver para comprender estas cosas, para percibir inmediatamente su verdad profunda; y sobre todo parece imposible no comprenderla así en el desierto, donde el sol traza los Nombres divinos en letras de fuego en el cielo”.

Hay en la descripción de este paisaje la presencia de la belleza intangible de una geometría simbólica, pues ¿qué es esa ‘irradiación solar’ sino la proyección vertical del fiat lux cosmogónico sobre la oscuridad del mundo, creándolo y dándole una forma de acuerdo a los arquetipos universales, contenidos todos en la Unidad? La verticalidad de la luz simboliza el rayo divino de Buddhi (el Intelecto Superior) proyectándose sobre la horizontal de la naturaleza humana, fecundándola, como nos recuerda el propio Guénon en varias de sus obras, como es el caso de El Simbolismo de la Cruz. Esa luz intensa es la que él percibía durante los veranos de su ciudad natal, Blois, en el corazón de Francia, donde los antiguos reyes tenían su residencia. Blois es una palabra relacionada también con la luz, como lo indica su antiguo nombre celta: Bleiz o Beleiz, que quiere decir “Villa de lobos”, animal asociado con la luz como, de ahí su nombre en griego, lykos, etimológicamente idéntico a lyké, luz. Además, es interesante fijarse en la etimología de Blois y de Beleiz, que es idéntica al nombre céltico Belen (o Belenus, “brillante”) el dios celta de la luz que, por otra parte, es idéntico a Ablun o Aplun, convertido en Apollôn (Apolo), el dios de la luz solar e hiperbórea, pues según el mito griego allí, en la hiperbórea (sede originaria de la Tradición primordial) permanecía durante los meses de invierno. También la mítica Ávalon (la isla sagrada de la tradición celta) responde a ese mismo parentesco lingüístico entre las diversas culturas de origen indoeuropeo, como son la celta y la griega, pues no en vano estamos hablando de nombres que se refieren a las distintas localizaciones de un centro espiritual.

Estas correspondencias etimológicas las hemos extraído precisamente de Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada, donde Guénon tiene varios capítulos que hablan de ellas, por ejemplo el cap. XII, “La Tierra del Sol”. Pero Guénon no menciona explícitamente a Blois, quizás por haber sido su lugar de nacimiento, lo cual es coherente con lo que él dijo en diversas ocasiones acerca de que en la transmisión de la doctrina tradicional la individualidad que las expresa es totalmente secundaria. Pero nosotros no podemos obviar este dato, que indudablemente forma parte de su biografía humana, y que tiene su relevancia porque todo cuanto se relaciona con una entidad espiritual (pues eso fue en verdad René Guénon) posee por sí mismo un valor simbólico añadido, o sea que tiene un sentido otro y es significativo. En realidad el lugar, el país y la época en que se nace, la historia de ese país, la genealogía familiar, etc., son relevantes para cualquier persona, y forma parte de la idiosincrasia de su naturaleza individual, como bien nos enseña el arte y la ciencia de la Astrología. Precisamente, y en relación con esto, en un capítulo de La Gran Tríada (“El ser y el medio”) Guénon menciona la importancia del conjunto de las influencias del medio o ambiente geográfico y humano donde se manifiesta la individualidad, y que es inseparable del medio cósmico en el que ella se inserta, pues el universo conforma un todo interrelacionado y solidario entre sus partes constitutivas, expresión de la Unidad, de la que emanan. En dicho capítulo no solo habla de la “herencia fisiológica”, o carnal, sino también de la “herencia psíquica”, pues:

“la una y la otra se explican exactamente de la misma manera, es decir, por la presencia, en la constitución del individuo, de elementos tomados al medio especial donde su nacimiento ha tenido lugar”.

El llamado “genio del lugar”, o “dios tutelar”, de carácter intermediario forma parte también de ese medio y de esa herencia sutil, cuya energía se transmite junto a la herencia psíquica del linaje familiar. El “genio del lugar” impregna con su presencia intemporal una tierra determinada y a los seres que nacen y habitan en ella, pues en las antiguas civilizaciones entre la tierra y el hombre existía un vínculo sagrado que iba más allá de unos simples “lazos sentimentales”. En el contexto tradicional, el “genio del lugar” es el espíritu de la tierra, o sea el ángel, o el dios, cuya “presencia” le imprime su carácter intangible, su alma, depositando en ella los “gérmenes sutiles” que en determinadas épocas históricas pueden quedar latentes debido a una desacralización generalizada (como ocurre en nuestra época), pero no desaparecen del todo, pudiendo “revivir” en cualquier momento en un determinado ser humano cuando su esencia, que es lo que “ese ser es en sí mismo”, active nuevamente esa energía potencial actualizándola en él. En el artículo citado de La Gran Tríada, “El ser y el medio”, Guénon deja traslucir esto que decimos en las siguientes palabras:

“Es en esto en lo que consiste la ‘afinidad’ en virtud de la cual el ser, se podría decir, no toma del medio más que lo que es conforme a las posibilidades que lleva en él, que son las suyas propias y que no son las de ningún otro ser, es decir, no toma más que lo que, en razón de esta conformidad misma, debe proporcionar las condiciones contingentes que permitan a estas posibilidades desarrollarse o ‘actualizarse’ en el curso de su manifestación individual”.

Blois está situada en el corazón mismo de la antigua Céltica gala, y más concretamente en lo que fue el “país de los carnutos”, una de las tribus celtas más poderosas, y a la que se refiere Guénon en el cap. X de Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada, titulado “El triple recinto druídico”, símbolo que está formado por tres cuadrados concéntricos unidos entre sí por cuatro rectas perpendiculares, lo que hace de él una representación geométrica de los tres grados iniciáticos. Guénon menciona el lugar donde está grabado este esquema geométrico, concretamente en una piedra encontrada en Suèvres (en el distrito de Blois, al que tampoco menciona en dicho capítulo), y señala que en ese lugar (situado “en el país de los carnutos”, como escribe Julio César en su Guerra de las Galias) se celebraba la reunión anual de los druidas. Esto nos ha llamado la atención y pensamos que tiene relación con lo que estamos diciendo respecto a la influencia sutil del medio. En este lugar, en la tierra sagrada de los celtas galos, nació René Guénon, y no estamos fantaseando si decimos que los gérmenes espirituales latentes allí depositados por una tradición que a pesar de que ya no existía como tal, sí pervivía en la memoria colectiva de sus descendientes “carnales”[1] encontraron eco en su alma porque su yo esencial los atrajo hacia sí por “la afinidad en virtud de la cual el ser no toma del medio más que lo que es conforme a las posibilidades que lleva en él”. Pero ese “rasgo” de su ser más íntimo no se manifestó inmediatamente, aunque sí predispondría su sensibilidad hacia la percepción de las realidades espirituales, que es justamente lo que se revela en su carta astrológica u horóscopo, esa “foto fija” del Cielo hecha en el momento de nuestro nacimiento, y que nos señala un destino, aunque no lo determina.

Carta Astral de René Guénon

A este respecto queremos acudir al horóscopo de Guénon realizado por André Heyberger y que Jean-Pierre Laurant recoge en su libro Le sens caché dans l’oeuvre de René Guénon. En relación con lo que estamos hablando nos ha llamado la atención el trígono entre Saturno y el Sol en Escorpio, su signo natal. Es un aspecto claramente benéfico, y que en principio “confiere al interesado una gran potencia de entendimiento y una autoridad reconocida en las ciencias en las que él está especializado.”

Pero lo que nos interesa especialmente ahora es la Casa I, la del Ascendente, que está en Géminis (domicilio de Mercurio, y por tanto de Hermes), aunque ella ocupa también los doce primeros grados del signo de Cáncer, con la Luna dentro de esos grados, siendo Cáncer precisamente el domicilio de la Luna. Al estar en su domicilio la Luna manifiesta todas sus virtualidades, y una de ellas, quizá la más importante, es que constituye el receptáculo de la “memoria cósmica”, pero también la “memoria” de los antepasados, precisamente por esa relación con las aguas (un símbolo de la psique cósmica y humana), y esto se acentúa aún más cuando la Luna se encuentra en Cáncer, relacionado con las “aguas profundas”.

Que ambos signos, la Luna y Saturno, estén en Cáncer (si bien Saturno se encuentra en la Casa II), otorga a la individualidad de Guénon una gran receptividad para reconocer el vínculo con la memoria de los ancestros espirituales, lo que se ve reforzado por el hecho de que el signo de Cáncer representa la “Puerta de los Hombres”, o la “Vía de los Ancestros”, en sánscrito Pitri-yana, o sea de los Padres, de los ancestros carnales y los ancestros espirituales, o míticos. Y aquí hemos de aclarar que, como todo símbolo, la Carta Astral tiene diversos niveles de lectura, y depende de la perspectiva en la que nos situemos podremos acceder a una lectura u otra, desde la más literal hasta la más elevada y profunda. En el caso de Guénon, la toma de conciencia de esa realidad que expresa la Luna en Cáncer se ve en cierto modo “facilitada” por la poderosa presencia de Saturno, que no olvidemos es el regente de Capricornio, situado aquí en la Casa VIII (la de Escorpio, su signo natal), que es la de la muerte y las grandes transformaciones del ser. Recordemos, en fin, que en Capricornio se encuentra la “Puerta de los Dioses”, o la “Vía de los Dioses” (Deva-yana), a la que se accede después de que el ser individual “muera” iniciáticamente por segunda vez para renacer en el mundo espiritual, que representa el "tercer nacimiento". Hablamos, en definitiva, de las dos “puertas solsticiales”, la de Cáncer y Capricornio, a las que Guénon ha dedicado varios estudios por su estrecha relación con el propio proceso iniciático. Así pues, estos dos aspectos de su Carta astral son como una signatura que en cierto modo señalan, o indican, cuál iba a ser su destino individual, pero “abierto” permanentemente a lo Universal, hasta que el primero se integró en el otro, como un río cuyo destino es desembocar en la mar.

En este punto debemos decir que a nosotros no nos interesa entrar en valoraciones psicológicas de ningún tipo, sino ceñirnos a lo que esos aspectos astrológicos nos muestran desde el punto de vista simbólico, que es una lectura de los mismos que se acerca a la verdadera naturaleza de lo que quieren expresar los astros (el macrocosmos) en relación con la vida humana (el microcosmos), que es exactamente lo que el propio Guénon señala en el capítulo ya citado de La Gran Tríada “El ser y el medio”, donde al respecto de las influencias astrales indica lo siguiente:

“Si se considera, como se hace habitualmente, que estas influencias dominan la individualidad, eso no es sino el punto de vista más exterior; en un orden más profundo, la verdad es que, si la individualidad está en relación con un conjunto definido de influencias, es porque es ese conjunto mismo el que es conforme a la naturaleza del ser que se manifiesta en esa individualidad. Así, si las ‘influencias astrales’ parecen determinar lo que es el individuo, eso no es más que la apariencia; en el fondo, no lo determinan, sino que solo lo expresan, en razón del acuerdo o de la armonía que debe existir necesariamente entre el individuo y su medio, y sin lo cual ese individuo no podría realizar de ningún modo las posibilidades cuyo desarrollo constituye el curso mismo de su existencia. La verdadera determinación no viene de afuera, sino del ser mismo (…), y los signos exteriores solo permiten discernirla, dándole en cierto modo una expresión sensible, al menos para aquellos que sepan interpretarlos correctamente”.

Hay que reconocer que Guénon dio también una “expresión sensible” al mundo de las ideas y de los arquetipos a través de su escritura, que muy bien podríamos denominar de “apolínea” por su carácter luminoso y revelador, pues supo revestirlas con el ornato de la belleza para poder ser asimiladas con más facilidad por la sensibilidad y la inteligencia humanas. Apolo (el Beleiz o Belen celta), el dios Geómetra por antonomasia, es también el Arquitecto del Mundo, y tiene sus heraldos entre la estirpe de los hombres. En este fin de ciclo, y en lo que respecta especialmente a Occidente (que es ya el mundo entero, sumido en un crepúsculo cada vez más oscuro), René Guénon ha sido, sin duda, el más importante de todos ellos, revivificando los símbolos de la Cosmogonía al ofrecer las claves de sus “medidas” prototípicas mediante las cuales poder reconocer al Ser Universal en su propia creación, y “más allá” de ella, o sea que el Ser se trasciende a sí mismo en su posibilidad metafísica e inmanifestada, infinitamente más universal que cualquier posibilidad de manifestación: el No-Ser. Esta es, si se nos permite la expresión, y sin desconocer su no menos trascendental aportación para el conocimiento de los símbolos de la Ciencia Sagrada, la “singularidad” más importante de su obra: la transmisión del pensamiento metafísico, ausente prácticamente de Occidente desde que Nicolás de Cusa expuso los principios de la “Docta ignorancia” inspirándose en Platón (y Proclo), Dionisio Areopagita y el Maestro Eckhart, a los que Guénon apenas si menciona en sus libros, exceptuando a Platón naturalmente, lo cual no significa que desconociera sus obras y el pensamiento expuesto en ellas (como tampoco desconocía el esoterismo cristiano, o el Hermetismo, sino todo lo contrario, al igual que la Cábala y el esoterismo judío, tradiciones a las que dedicó varios estudios importantes), pues son expresiones, en Occidente, de la Sabiduría Eterna manifestada a través de la “cadena áurea” invisible que atraviesa los ciclos y los eones temporales. Pero por alguna razón que desconocemos (aunque podemos intuir) prefirió no citarlos, y centrarse más bien en las doctrinas orientales, donde encontró una exposición más amplia y detallada de los principios metafísicos y su relación con las distintas ciencias tradicionales como emanación de los mismos. Esto es así especialmente en el Vedanta hindú como ya señalamos y no ha de extrañarnos que su primer libro llevase por título Introducción general al estudio de las doctrinas hindúes. Otras fuentes sapienciales le vinieron a través del Taoísmo y del Sufismo. 




[1] La memoria colectiva de una tradición desaparecida se expresa muchas veces a través del folclore, y es evidente que en los países de origen celta esto es muy común. Recomendamos a este respecto lo que el propio Guénon afirma acerca de esto en el cap. IV de Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada. Pero dejando aparte el folclore, diremos que el cristianismo que se implantó en los países celtas fue en muchos aspectos una fusión entre él y la antigua tradición druídica, aún viva cuando los primeros cristianos llegados de Oriente arribaron a esos países. El símbolo de la Copa del Grial y las distintas leyendas en torno al rey Arturo así lo testimonian.

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