Esoterismo Cristiano. Santiago el Mayor y Juan Evangelista, "Hijos del Trueno" (Texto y Vídeo)

San Juan Evangelista, el "Águila de Patmos".

En un primer momento íbamos a hablar de las figuras de Santiago el Mayor y su hermano Juan Evangelista, los cuales recibieron del propio Jesús el sobrenombre de Boanergés, “Hijos del Trueno”. Pero enseguida comprendimos que no podíamos hacerlo sin hablar previamente sobre el esoterismo cristiano, ya que tanto Santiago como Juan son dos de sus más insignes representantes.

Para empezar, diremos que el cristianismo de los tres primeros siglos era totalmente iniciático y esotérico. No estaba constituido en una religión ni en un exoterismo como ocurre ahora y lo poco que se sabe de aquel Cristianismo primigenio es que se trataba de una tradición muy cerrada y rigurosa en cuanto a la admisión de sus miembros, de ahí que estuviera más próxima a ciertas corrientes gnósticas, como los Ofitas o los Valentinianos, que a una religión en el sentido convencional del término. La Iglesia cristiana primitiva tuvo sus obispos pero estos no impartían una enseñanza religiosa, sino iniciática. Los sacramentos tenían ese carácter iniciático, que se perdió debido a la adaptación que tuvo que hacer el Cristianismo cuando, obligado por las circunstancias cíclicas, pasó a ser la religión oficial del Imperio Romano. Los siete grados en que se dividen los sacramentos actuales constituían en el Cristianismo de los orígenes esa escala iniciática que vemos en otras tradiciones mistéricas de la Antigüedad.

Cuando el I Concilio de Nicea allá por el siglo IV confirmó esa adaptación del esoterismo al exoterismo, comenzó la era de las formulaciones “dogmáticas” destinadas a constituir una presentación puramente exotérica de la doctrina cristiana. Naturalmente estamos hablando de la Iglesia de Roma, o Latina; otra cosa es el Cristianismo ortodoxo y las corrientes emanadas de este que aún perviven en ciertos lugares de Grecia y Oriente, como el hesicasmo, que conservan todavía ritos específicamente iniciáticos, como la invocación incesante del Nombre de Jesús acompañado por un ritmo respiratorio que recuerda las técnicas del pranayama hindú o el dirk del sufismo.

René Guénon, el más importante esoterista del siglo XX, en su estudio “Cristianismo e Iniciación” (cap. II de Apreciaciones sobre el Esoterismo Cristiano) aborda esta cuestión afirmando que los ritos y la doctrina cristiana tenían, en efecto, ese carácter esencialmente esotérico y en consecuencia iniciático, y añade lo siguiente:

“Para que esto haya sido posible, es necesario que la Iglesia cristiana, en los primeros tiempos, se constituyera en una organización cerrada o reservada, en la cual no todos eran admitidos indistintamente, sino solo los que poseían las cualificaciones necesarias para recibir válidamente la iniciación bajo la forma que se puede llamar ‘crística’; y se podrían sin duda encontrar aún muchos indicios que muestran que fue efectivamente así, aunque sean generalmente incomprendidos en nuestra época y que, debido a la tendencia moderna a negar el esoterismo, se busca a menudo, de una manera más o menos consciente, desviarlos de su verdadero significado”.

Pero ¿quiere esto decir que esa vertiente esotérica e iniciática desapareció por completo? De ser así, no habría existido ningún esoterismo cristiano en la Edad Media, y sin embargo no fue así, pues se mantuvo vivo lo más importante, que eran los Evangelios y la interpretación no exclusivamente religiosa que hicieron de ellos varios Padres de la Iglesia, tanto de la Iglesia Latina como de la Iglesia ortodoxa, muchos de los cuales bebieron de la obra de Dionisio Areopagita, un platónico cristiano que vivió en la misma época de Proclo (siglo VI), uno de los últimos que dirigieron la Academia Platónica de Atenas después de cerca de mil años de existencia, pues fue fundada por el propio Platón. Dionisio Areopagita fue muy importante, pues adaptó la cosmogonía y la metafísica platónica interpretada por su maestro Proclo a la espiritualidad cristiana, o sea que fue un puente que aproximó el pensamiento platónico y el pensamiento cristiano, conjugándolos, y de ahí nacieron tres obras fundamentales: Los Nombres Divinos, La Jerarquía Celeste y Teología Mística. Sin Dionisio Areopagita (al que no hay que confundir con el obispo de Atenas del mismo nombre) hubiera sido muy difícil que surgiera un Escoto Erígena en el siglo IX, o un Miguel Pselos en el XI, o la Escuela de Chartres y la de Oxford, que alumbraron a los más importantes filósofos platónico-cristianos de los siglos XII y XIII.

Por otro lado, tenemos la existencia de las diversas organizaciones que en lo fundamental eran depositarias del Espíritu de aquel cristianismo primitivo, caso de la Orden del Temple y otras órdenes de caballería, que también recibieron la influencia de corrientes sapienciales diferentes al cristianismo, pero que guardaban con él ciertos elementos doctrinales análogos y que se integraron perfectamente en la simbólica cristiana, caso del simbolismo del Grial y sus leyendas y mitos artúricos, que provenían de la tradición celta. La búsqueda del Grial era la búsqueda del Conocimiento, de la Gnosis, de la que esa copa es un símbolo. Por ello la búsqueda del Grial fue, y sigue siendo, uno de los ejes sobre los que pivota el esoterismo cristiano, y la que dio sentido a todas esas órdenes de caballería. Precisamente a dichas órdenes no fue ajeno el surgimiento de la “Massenie del Santo Grial”, nacida en Francia, y que algunos autores han visto en ella uno de los orígenes de la Masonería. De hecho la palabra Massenie quiere decir “casa”, “logia” o “mansión”, y tenía la función de acoger en su seno a todos aquellos que buscaban ese Conocimiento. Los orígenes de la Massenie se sitúan al comienzo del siglo XIV y cada “casa-logia” estaba conformada por 26 miembros, cifra que se corresponde con la suma de los números que componen el Tetragrama hebreo, lo cual es un dato a tener en cuenta para lo que diremos posteriormente, pues nos indica que la Massenie recogió asimismo una simbólica directamente vinculada con el esoterismo judío (la Cábala, muy activa en esa época), el cual se conjugaría más tarde con el Hermetismo, dando lugar a la Cábala-Cristiana.

Y hablando del Hermetismo no hemos de olvidar que hubo una alquimia cristiana, sustentada en las analogías y correspondencias entre la vida y la pasión de Cristo y los procesos de transmutación alquímica. La Alquimia era la “Gran Obra” por medio de la cual el ser humano se liberaba de sus metales impuros (símbolo de los estados inferiores) para acceder a sus estados superiores, simbolizados por el oro y las luminarias celestes. Como estamos viendo, en el mantenimiento de ese esoterismo cristiano fue muy importante el aporte de la Tradición Hermética, con sus ciencias y artes de la Cosmogonía, como es el caso de la Alquimia, pero también de la Astrología-Astronomía y las Artes Liberales en general.

En este ambiente esotérico de finales del siglo XIII y principios del XIV  nacieron los “Fieles de Amor”, una organización hermético-cristiana vinculada con la Orden del Temple y a la que pertenecieron Dante, Francesco de Barberini, Cavalcanti, Guido da Pistoia, Boccaccio, Petrarca y un largo etc. Los Fieles de Amor estaban además muy vinculados con la Orden Rosa-Cruz, nacida también en esa misma época, y que pervivió como tal organización hasta el siglo XVII, cuya influencia fue decisiva en la creación de la Masonería especulativa surgida en el siglo XVIII, y que en algunos de sus altos grados conserva la herencia de ese Hermetismo cristiano y de la caballería espiritual. Habría que mencionar también al Maestro Eckhart y sus discípulos Tauler y Suso; y por supuesto al cardenal Nicolás de Cusa, conocedor de las obras de Platón, Dionisio Areopagita y Hermes Trismegisto. Ya en pleno Renacimiento destaca la figura de Marsilio Ficino, y de todos los neoplatónicos de la Academia de Florencia, algunos de los cuales, como Pico de la Mirándola fueron, junto a Juan Reuchlin, fundamentales para la creación de la Cábala-Cristiana. Precisamente, y dicho a título de curiosidad, uno de esos cabalistas cristianos, Guillermo Postel, tenía en gran aprecio el Evangelio apócrifo de Santiago, seguramente porque veía en él ciertas claves simbólicas que le ayudaban a entender con más profundidad los misterios de la Cábala y del Cristianismo.

Pero no hemos de olvidar tampoco a los diferentes oficios artesanales, como los freemasons, los “albañiles libres” (los antecesores de la Masonería moderna), los cuales estaban agrupados en gremios y cofradías que llevaban a todas partes el “Arte Real”, nombre que también la Alquimia, la “Gran Obra”, de ahí las numerosas analogías y correspondencias que pueden hacerse entre el proceso de la construcción y el proceso alquímico de la transmutación interior.

Muy próximo a los masones operativos se encontraba el Compañerazgo, también constructores como ellos, pero que agrupaban también a todos los demás oficios, con sus secretos iniciáticos, o sea que formaban parte del esoterismo cristiano al nivel que este fuese. Señalemos, en este sentido, que el Compañerazgo de dividía en tres grandes ritos, cada uno de los cuales estaban bajo el patrocinio de un personaje: Salomón, cuyos ritos tenían mucho en común con la Masonería, el Maestro Jacques (figura que evoca la de Santiago el Mayor y también relacionado con los constructores), y el Padre Soubise, relacionado con los carpinteros. La función de Santiago el Mayor estaba relacionada con los misterios de la Cosmogonía, a los que pertenecía también el Hermetismo y por supuesto la Alquimia. Y el hecho concreto de que su nombre estuviera especialmente vinculado al Maître Jacques, lo hacía también muy próximo a la Masonería, cuyos dos patrones no son otros que Juan el Bautista y Juan Evangelista.

Es importante destacar que los constructores medievales tenían conexión con todas las corrientes sapienciales que confluyeron en el Medioevo, por eso mismo en la catedral cristiana se plasma todo ese saber a través de la arquitectura y de las numerosas imágenes simbólicas que aparecen por doquier dentro de ella. Aquellos constructores eran además en gran parte herederos de los Colegios Artesanales de la antigua Roma, a través de los cuales se transmite la concepción pitagórica del cosmos como una Música de las Esferas basada en la armonía del número, que se concreta mediante la geometría sagrada plasmada en las proporciones entre los módulos y los elementos arquitectónicos que conforman el templo-cosmos. A partir del gótico a esa herencia hay que sumar una influencia venida de los constructores de Oriente a través de las órdenes de caballería.

Muchas de esas esas cofradías de constructores y artesanos viajaban por toda la geografía europea. Ellos eran los “nobles viajeros”, que así se autodenominaban, y se autodenominan, los que se inician en los misterios de la vida, del cosmos y de la metafísica tras ligarse a una tradición que les guía por los “senderos de la Sabiduría”, sabiendo que su Destino va unido a la Voluntad de ser, sin necesidad de ir a buscarlo a ninguna otra parte que no sea en el centro de sí mismos: Regnum Dei intra vos est. A este respecto tomamos como propias las siguientes palabras de Federico González escritas en el cap. I de Hermetismo y Masonería. En él nos habla de la vida y andanzas de los hermetistas,

“casi todos grandes viajeros, cuyas aventuras en busca de la Ciudad del Cielo y su reflejo en la Tierra, y las múltiples peripecias de su camino, constituyen las historias más ricas y extraordinarias a las que los contemporáneos puedan tener acceso, dada la extravagancia y la inagotable creatividad y gala intelectual de que hacen alarde, sin contar la genialidad explícita de los medios de que se valen y el caudal de desarrollo de posibilidades, que abarca todos los campos de la Ciencia y el Arte para desembocar siempre en el Conocimiento”.

Así pues, el esoterismo cristiano, bendecido desde su origen por los misterios contenidos en el Corazón de Cristo, no desapareció con su conversión al exoterismo, sino que, por razones también de tipo cíclico, acogería en su seno la gran herencia espiritual de Occidente, lo cual no es cualquier cosa desde luego, y nos permite entender por qué son tan abundantes en su doctrina símbolos análogos a ese Corazón. Por ejemplo, el arca, la nave, la copa, la caverna, donde nació el propio Cristo, que creció: “en Sabiduría, Estatura y Gracia”, como dice Lucas en su Evangelio. Quien haya estudiado con atención la historia del esoterismo cristiano (con sus múltiples ramificaciones y corrientes, incluso sus claroscuros), sabrá que este mismo versículo del evangelio de Lucas dedicado a Cristo es aplicable también a dicho esoterismo, donde el Hermetismo ha desempeñado un papel vivificador en momentos clave de su historia.

II

Jesús era un rabí, un maestro espiritual de Israel que conocía perfectamente la tradición de sus antepasados. No en vano él descendía directamente de la casa real de Judá, a la que pertenecieron los reyes más sabios de Israel, como David y Salomón. En el Evangelio de Juan el propio Jesús afirma: Yo soy la raíz y el retoño de David. Además y según sus propias palabras, él no vino a abolir sino a cumplir la ley de Moisés, o sea a consumarla. Otra cuestión es que ese “cumplimiento” por parte de Jesús fuera reconocido por los representantes de la autoridad religiosa judía. Es evidente que no lo reconocieron, como todos sabemos. Pero, ¿por qué no lo reconocieron? Nosotros pensamos que no lo hicieron precisamente porque esa autoridad religiosa estaba apegada al cumplimiento de la ley exotérica, que no llegaba a comprender el sentido más profundo de esa misma ley, es decir del Conocimiento contenido en ella desde el comienzo de los tiempos. Ese Conocimiento fue entregado a los patriarcas de Israel y de estos se fue transmitiendo de generación en generación a los discípulos elegidos, hasta llegar a la “cadena de la tradición esotérica”, que siglos más tarde, en la Edad Media, se conocería como la Cábala, que significa por igual tradición y recepción (de esa tradición).

Es evidente que los hombres del Sanedrín que no reconocieron a Jesús no pertenecían a esa cadena de tradición esotérica. El episodio del encuentro de Jesús con Nicodemo narrado no por casualidad en el Evangelio de Juan, expresa perfectamente lo que estamos diciendo. Nicodemo era un miembro de ese Sanedrín, si bien sentía hacia Jesús el reconocimiento de su autoridad espiritual. Transcribimos este episodio recogido por San Juan:

"Jesús le contestó: ‘En verdad te digo que nadie puede ver el Reino de Dios si no nace de nuevo desde arriba.’ Nicodemo le dijo: ‘¿Cómo renacerá el hombre ya viejo? ¿Quién volverá al seno de su madre?’. Jesús le contestó: ‘En verdad te digo: El que no renace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios.’" 

"Lo que nace de la carne es carne, y lo que nace del Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: Necesitan nacer de nuevo desde arriba. El viento sopla donde quiere, y tú oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Lo mismo le sucede al que ha nacido del Espíritu.” Nicodemo volvió a preguntarle: ‘¿Cómo puede ser eso?’ Respondió Jesús: ‘Tú eres maestro en Israel, y ¿no sabes estas cosas? En verdad te digo que nosotros hablamos de lo que sabemos, y damos testimonio de lo que hemos visto, pero ustedes no aceptan nuestro testimonio."

Finalmente, Nicodemo comprendió lo que significa “nacer de arriba”, nacer del Espíritu, pues se convirtió en uno de los “discípulos secretos” de Jesús, y fue quien, junto a José de Arimatea (otro discípulo secreto), llevaron el cristianismo a las Islas Británicas, donde encontraron una gran receptividad por parte de los druidas celtas, naciendo así la llamada “Iglesia Culdea”, es decir el cristianismo celta, en donde germinaría la leyenda del Grial.

Que el Cristianismo de los orígenes era totalmente esotérico no impidió que Jesús en las enseñanzas que impartía peregrinando por la geografía de Israel se dirigiera a “todo el pueblo”, pero a este le hablaba en “parábolas”, es decir utilizando ejemplos sencillos y comprensibles para que, a través de la analogía, se pudieran entender su significado espiritual. Podríamos decir que les hablaba mediante el lenguaje simbólico, que revela y vela al mismo tiempo: “revela” a quienes están, sin saberlo aún, capacitados para entender el mensaje, pero “vela” a quienes tienen su “corazón endurecido” y esa “agua de vida” de la Palabra no puede penetrarlo. El lenguaje simbólico no necesariamente es complicado, por ejemplo ¿quién no entiende al nivel que sea la parábola del grano de mostaza, o del hijo pródigo, o la de los talentos, la del trigo y la cizaña, etc. etc.?

Sin embargo en los Evangelios se dice que a sus discípulos más directos, o sea a aquellos que habían comprendido en verdad el sentido profundo de su enseñanza les hablaba sin parábolas, directamente. A veces Jesús utilizaba la técnica del pesher, consistente en leer un pasaje de la Escritura en tiempo presente sin importar cuándo fue compuesto, utilizándolo para comprender los hechos contemporáneos. Lo importante era que dicho pasaje servía para comprender la realidad del aquí y ahora, yendo así a la raíz de las cosas. Como ejemplo de pesher citemos el pasaje de los Evangelios (Lucas IV, 16 y siguientes) en donde Jesús lee al profeta Isaías, y el contenido de esa lectura lo aplica directamente a sí mismo: «El espíritu del Señor está sobre mí…».

Es evidente que todo esto tiene que ver con la actualización de la idea viva contenida en el símbolo, y en el mito, que nos introduce en un tiempo detenido, donde no hay ni pasado ni futuro, sino solo un presente continuo. Por eso si yo estoy leyendo “El Espíritu del Señor está sobre mí”, es que realmente está sobre mí, no es un supuesto, o algo que “puede ser”, sino que “es” realmente. Para vivir en un estado de esa naturaleza se necesita un largo período de aprendizaje (que es propiamente la iniciación a los misterios) y sobre todo haber recibido una “influencia espiritual” que haga trizas las viejas creencias y conceptos del “hombre viejo”, expresión que Jesús utilizó en varias ocasiones, como cuando dijo que no puede echarse vino joven en un odre viejo, pues se corrompería. Son palabras que indican la idea de regeneración y de “nuevo nacimiento”.

El proceso iniciático se concibe como un paso de las “tinieblas a la luz”, que es la luz del Conocimiento, de la Gnosis, palabra que etimológicamente expresa la idea de “génesis” y por tanto de generación, porque el ser “deviene” lo que conoce y se realiza a sí mismo por este Conocimiento. Conocer es ser, y en definitiva uno es lo que conoce. Por otro lado, muchas veces hemos recordado que en francés conocer y conacer se escribe de la misma manera: connaître.

Todos los apóstoles nacieron nuevamente a otro estado espiritual. Desde el punto de vista iniciático, ese “cambio de estado” va acompañado de un nombre también nuevo, y en este sentido ellos recibieron en el momento de su elección un nombre nuevo, y algunos, como Santiago el Mayor y su hermano Juan, además recibieron como ya dijimos el sobrenombre de Boanergés: “Hijos del Trueno”. ¿Por qué Jesús les puso este nombre a los dos hijos de Zebedeo? ¿De dónde procede esta expresión? Y ¿qué quiere decir?

Para ello debemos hablar en primer lugar del significado simbólico del trueno, que es como se manifiesta muchas veces la divinidad, la voz de la divinidad, o sea la palabra, el verbo, que es además inseparable de la luz, de ahí que entre los fenómenos meteorológicos el rayo siempre anuncie el trueno y su estruendo. Si el trueno es la voz de la divinidad el relámpago es su palabra escrita en el cielo, según los mitos relatados en el Popol-Vuh de los mayas quichés. Todas las tradiciones tienen sus dioses tonantes, atronadores. Los griegos y romanos a Zeus y a Júpiter respectivamente (muchas veces representados con los rayos entre sus manos), cuyo animal más representativo, el águila, es considerada como el ave “portadora del trueno”, lo que explicaría por otra parte su asociación con San Juan Evangelista, llamado no por casualidad “el águila de Patmos”. Entre los celtas el dios del trueno era Taranis, y entre las tradiciones nórdicas Thor, que además porta su martillo Mjölnir que significa “demoledor”, en el sentido de “moler”, de pulverizar a los enemigos de las deidades luminosas y uránicas, y por extensión a los enemigos del Conocimiento. En realidad estamos hablando de verdaderas teofanías, de manifestaciones de la divinidad. En el caso del judaísmo hay una larga y rica tradición de manifestaciones teofánicas a través del trueno, el rayo o de otras formas sensibles, como el fuego y el humo, tal el caso del encuentro de Moisés con Dios manifestado a través de la zarza ardiente en el Sinaí, en una “tierra santa” como se dice expresamente en el libro del Éxodo, capítulo 3: 1-11), o también en el capítulo 19: 16-20 (llamado precisamente “La teofanía”) donde leemos lo siguiente:

“Al tercer día, al rayar el alba, hubo truenos y relámpagos, y una densa nube se posó sobre el monte. Un toque muy fuerte de trompeta puso a temblar a todos los que estaban en el campamento. El monte estaba cubierto de humo, porque el Señor había descendido sobre él en medio de fuego. Era tanto el humo que salía del monte, que parecía un horno; todo el monte se sacudía violentamente, y el sonido de la trompeta era cada vez más fuerte. Entonces habló Moisés, y Dios le respondió con el trueno”.

El mismo fuego divino descendido del cielo es el que consume el holocausto en el episodio del profeta Elías en el libro I de los Reyes (18:38).

En la visión del Carro (la Merkabah) del profeta Ezequiel este también recibe una “audición” en medio de un fuego esplendoroso:

Mientras miraba, vi que venía del norte un viento huracanado, una gran nube con fuego fulgurante y un resplandor a su alrededor. En su centro había algo como un metal refulgente en medio del fuego. También en su centro vi figuras semejantes a cuatro seres vivientes (...) En medio de los seres vivientes había algo que parecía carbones encendidos en llamas, eran como antorchas que se lanzaban de un lado a otro entre los seres vivientes. El fuego resplandecía, y del fuego salían rayos. Y los seres vivientes corrían de un lado a otro como el fulgor del relámpago”.

Todos estos pasajes bíblicos se refieren en realidad a la manifestación de El Shaddai, el “Dios Todopoderoso”, y más exactamente a su “Voz”, que es también como el rugido del león, animal de fuego, rugido asociado con la doctrina y el poder emanado de ella como señala Federico González en su Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos. El León de Judá es en realidad uno de los nombres del Cristo de la Segunda Venida, que está sugerida en estas palabras en las que también aparece el fuego:

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos (Lucas 12:49):

"He venido a traer fuego a este mundo, y ojalá estuviera ya ardiendo!” Y también la exhortación a sus discípulos: “Id, y abrasar el mundo”. Naturalmente abrasarlo con la palabra, con el testimonio de la Buena Nueva.

En el evangelista Mateo (10: 34-36) leemos estas palabras que a muchos pueden extrañarles por la imagen que se han formado de un Jesús beatíficamente edulcorado, cuando es todo lo contrario:

No crean que he venido a traer paz a la tierra. No vine a traer paz, sino espada”.

Aquí dicha espada está representando a la propia doctrina plasmada en los Evangelios (los canónicos y los apócrifos) que emanan de su Palabra, de su Verbo, por eso en algunos grabados medievales aparece Cristo con una espada que sale de su boca. Es la espada que en el simbolismo del Grial otorga el poder de vencer a las potencias de las tinieblas; es la espada que separa nítidamente lo sagrado de lo profano; es la espada, en fin, que, como el rayo, fecunda la tierra, y al hombre, comunicándole a su alma las energías del cielo.

Esa “paz a los hombres de buena voluntad” de que se habla en el evangelio de Lucas (2:14) viene posteriormente, como consecuencia de una victoria sobre las tinieblas, sobre nuestros “enemigos internos”. Pero lo importante es que todo esto evoca inmediatamente la acción de Fiat Lux proferido por el Verbo en el principio de los tiempos separando las tinieblas del caos, generando así el nacimiento del orden cósmico. Ese principio del tiempo está ocurriendo ahora mismo, pues la revelación del conocimiento es una permanente sorpresa, y siempre es coetánea con el tiempo.

Es lo que hicieron todos los apóstoles: viajar por toda la Tierra, por una geografía que se había transfigurado en sus almas gracias a los dones recibidos del Espíritu Santo. Santiago el Mayor al fin del mundo, al Finisterre hispano, al Extremo Occidente, en el límite de lo ilimitado, del infinito, donde sin embargo creó con sus discípulos uno de esos “centros espirituales” más importantes del Cristianismo, Compostela, “el campo de la estrella”, hecho a imagen del Centro Arquetípico, tal era el fuego sutilísimo en que se transmutó la pasión interior de Santiago. Su hermano Juan, investido de la misma pasión, sin embargo se estableció en una isla, en Patmos, en el Extremo Oriente de Europa, y se puso a escribir el libro de la “Revelación”, el Apocalipsis, y su Evangelio, que ha pasado por ser el más esotérico de todos ellos.

En la perspectiva del esoterismo cristiano no es suficiente, aunque sí necesario, el bautismo purificador por el agua (el que otorga Juan el Bautista), sino que hay que “consumar” el proceso de transmutación alquímica recibiendo el fuego sutilísimo del Espíritu, el que da acceso a los viajes celestes. En la Masonería se diría que el iniciado pasa de la “Escuadra al Compas”, o sea de los misterios de la Tierra a los misterios del Cielo.

Todas estas manifestaciones de “una realidad otra” nada tiene que ver con el reino de este mundo, sino con el Reino de los Cielos, están prefigurando aquellas palabras de Cristo dichas ante Pilatos y que recoge Juan en su Evangelio de esta manera:

“Jesús respondió: Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, entonces mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; mas ahora mi reino no es de aquí. Pilato entonces le dijo: ¿Así que tú eres Rey? Jesús respondió: Tú dices que soy Rey. Para esto yo he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz. Y entonces Pilato le pregunta: ‘¿Qué es la Verdad’?“

“Todo el que es de la verdad escucha mi voz”. Esto es lo que significa ser hermanos en el Espíritu, aquellos que al contrario de Pilatos (el indiferente “que se lava las manos”) no se preguntan “Qué es la Verdad”, puesto que ya están en ella, han nacido con ella, y un trabajo previo de regeneración intenso consigo mismos les ha hecho reconocerla en su interior, han oído en el silencio la voz del Espíritu, del Noûs dicho en términos del hermetismo y del neoplatonismo alejandrino.

III

Al ponerles el nombre de “Hijos del Trueno” a Santiago y a Juan, Cristo estaba indicando la filiación espiritual de ambos apóstoles con El Shaddai el “Dios Todopoderoso”, con el que el propio Cristo se identificó, como se dice explícitamente en el Evangelio de San Marcos (28: 18): “Toda potencia me ha sido dada en el Cielo y la Tierra”. Por tanto, Cristo al nombrar a Juan y a Santiago los boanergés, los “hijos del trueno”, les estaba otorgando el poder de la generación espiritual ligada íntimamente al proceso iniciático, que nada tiene que ver con lo religioso volvemos a repetir, y en este sentido es muy probable que en la primitiva iniciación cristiana los hermanos Juan y Santiago desempeñaron un papel relevante en cuanto a sus compromisos respectivos con la Verdad, en el sentido de que ambos estaban investidos de una “fogosidad” espiritual que en determinado momento tuvo que ser “atemperada” por el propio Cristo, como fue el caso relatado en el Evangelio de Lucas (9:52-54):

"y envió mensajeros delante de sí, que fueron y entraron en un pueblo de samaritanos para prepararle posada; pero no le recibieron porque [Cristo] tenía intención de ir a Jerusalén. Al verlo sus discípulos Santiago y Juan, dijeron: ‘Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?’ "

En primer lugar, hemos de decir que esa “indiscreción” de los dos boanergés (seguida de una reprimenda por parte de Cristo)[1] revela sin embargo en ellos un vínculo con el fuego celeste, o sea con el fulgor del rayo, y por tanto con la luz. Pero también con el trueno, puesto que ese descenso del fuego viene precedido de un “digamos”, que es una plegaria, o dicho con más precisión: una jaculatoria, iaculatorius en latín, la cual deriva de iaculari y tiene el significado de “lanzar”, sobre todo las palabras sagradas y fervorosas de la oración, y siempre en un sentido vertical, en un gesto que impulsa nuestro cuerpo y nuestras manos hacia arriba, hacia el cielo. De jaculatoria deriva también jacere, y es innegable la similitud fonética e incluso etimológica de esta última palabra con el nombre de Santiago, o Jacobo, en francés: Jacques. En cierto modo el nombre de Juan también está relacionado con ese impulso hacia arriba, puesto que uno de sus significados es “alabanza a Dios”.

Y resulta interesante advertir que la palabra “eyacular” deriva del mismo verbo. Esto nos da a entender que la jaculatoria es, en primer lugar, un rito de fecundación ligado con el “logos espermático”,  o sea con la palabra como portadora de las semillas espirituales, y en segundo lugar que está asimismo vinculado con la generación física, es decir con “el Verbo hecho carne”, o sea encarnado, de que habla San Juan al comienzo de su Evangelio. “En el Principio era el Verbo (...) y el Verbo se hizo carne”.[2]

Ampliando un poco más el simbolismo de la jaculatoria, señalaremos que ella recuerda a ciertos ritos de otras tradiciones que buscaban atraer hacia la Tierra, o al corazón del hombre, las energías benéficas de las deidades celestes. Por decirlo de algún modo, se les “impulsaba” a descender por un imperativo que está contenido en la propia eficacia del rito gracias a las correspondencias entre el mundo superior y el inferior. Recordemos, por otro lado, que el rito no es sino el símbolo en acción.

Hemos de entender que el ser humano conforma una unidad, pero vive simultáneamente en tres planos perfectamente jerarquizados: el corporal, el psíquico y el espiritual. Los tres están interconectados, si bien se rigen por leyes adecuadas a la naturaleza de cada uno de ellos. Esos tres planos equivalen a los tres planos cósmicos designados como Tierra, Mundo Intermediario y Cielo, de ahí las constantes correspondencias y analogías que entrelazan al macrocosmos con el microcosmos, entrelazamiento simbolizado por la estrella de seis puntas, o “Estrella de David”, o Sello de Salomón, donde el triángulo superior se refleja en el triángulo inferior, pero la Estrella o el Sello es una sola.

Y es momento de decir que, en el esoterismo judío, en medio de esa estrella aparece el Nombre hebreo del Dios Todopoderoso, El Shaddai. Esto no es por casualidad, pues si el mundo superior y el mundo inferior están unificados es porque en medio de ellos, en su centro, o en su corazón, está El Shaddai, que no es otro en realidad que el Gran Arquitecto del Universo de la Masonería, también llamado en el Compañerazgo el Gran Geómetra del Universo, al que se refiere el libro de la Sabiduría (XI, 20), cuando dice que Dios ha “dispuesto todas las cosas en medida, número y peso”. No podemos desarrollar todo cuanto quisiéramos el simbolismo de este Nombre divino, El Shaddai, cuyo valor numérico es 345, que por separado coinciden con cada uno de los lados del triángulo rectángulo, un módulo sagrado de la construcción, pero también vinculado con las tres potencias que gobiernan el Universo: la Providencia (el número 3), la Voluntad (en número 4) y el Destino, o la Necesidad (el número 5).

Tampoco es por casualidad que los dos hermanos Juan Evangelista y Santiago el Mayor sean los patrones respectivos de la Masonería y el Compañerazgo, lo cual confirma lo que dijimos acerca de los vínculos del esoterismo cristiano con las organizaciones iniciáticas de constructores. Es innegable que la Masonería medieval, y posteriormente la Masonería moderna, incorporaron algunos símbolos que eran propios del judaísmo, como el propio El Shaddai y los 21 nombres de origen hebreo que jalonan los grados de la Masonería Escocesa, lo cual no es baladí, pues esos nombres son precisamente las palabras sagradas que forman parte de la transmisión de la influencia espiritual.

Santiago y Juan Evangelista (y ciertamente Hermes Trismegisto, el “Tres Veces Grande” por su Sabiduría), tienen el don otorgado por el Verbo de comunicar una influencia espiritual que nos pone efectivamente “en el camino” hacia el encuentro con nuestra “estrella interior”, con nuestra “Compostela interna”, o “polo celeste”, pero experimentado en el ínterin la pasión, la muerte y la transmutación de la individualidad como una forma, en efecto, de amor y entrega al Conocimiento, que necesariamente preceden a la “sublimación” en los estados superiores, antes de la entrega definitiva al Padre, al Dios Desconocido. Francisco Ariza



[1] Esa ‘reprimenda’ nos indica que tanto Juan y Santiago estaban todavía en los preliminares de la iniciación. En el momento en que se produce ese episodio estaban comenzando el “viaje”, y por lo visto su fogosidad y vehemencia eran notables. “Hijo del trueno” es un sobrenombre del verdadero iniciado, y con ello Cristo quiso manifestar específicamente esa condición en Juan y Santiago, aunque como señalamos anteriormente el primero estaba destinado a comunicar esa parte de la doctrina más metafísica, mientras que Santiago quedó vinculado a los misterios de la Cosmogonía, de ahí su relación con el Hermetismo, la Alquimia y los peregrinajes o viajes por la Rueda del Mundo. Todos los apóstolos recibieron el "descenso del Espíritu", pero no todos estaban cualificados para transmitir la “influencia iniciática”. Por eso existe una Iglesia Secreta, o Invisible, y una Iglesia Exterior, o Visible. La primera (ligada con Juan y Santiago el Mayor) permanecerá hasta la segunda venida de Cristo, hasta el “fin de los tiempos”: "Si yo quiero que él [Juan, el discípulo amado] permanezca hasta mi venida, ¿a ti [en referencia a Pedro, ligado con la Iglesia Exterior] que te importa? Tú sígueme" (Juan 21, 20-23).

[2] Hemos de tener en cuenta que en la Biblia, cuando se dice que el hombre “conoció” a su mujer (y viceversa), se está refiriendo a una comunión con su alma, pero también alude al acto carnal, al ayuntamiento del varón y la hembra, simbolizando así la unión de Metatrón y la Sekhinah, el esposo y la esposa divinos.

Nota.- Pongo aquí el vídeo de la conferencia editado por "La Memoria de Calíope".

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