La Historia incluye al Mito y la Epopeya


La Edad de Oro. Fresco de Pietro da Cortona, siglo XVII.

La palabra Historia cobra nueva luz y se completa cuando descubrimos que deriva de histor, «testigo», que a su vez está relacionado con idein, «ver», y con oida, «saber». El historiador es aquel que «sabe por haber visto o indagado», o «investigado», convirtiéndose en un «intérprete» de la realidad, en su hermeneuta, a la que «ve» (sinónimo de «comprender») como el resultado de un maridaje entre la realidad mítica, simultánea y vertical (siempre presente en la memoria de los integrantes de una cultura tradicional), y la que acontece en el hecho propiamente temporal, sucesivo y horizontal. El proceso histórico puede ser comparado entonces con la urdimbre (hilo vertical) y la trama (hilo horizontal) de un tejido. Naturalmente nos estamos refiriendo sobre todo a los historiadores clásicos, y de entre ellos a los que desempeñaban el papel de transmisores de un conocimiento que incluía los elementos nucleares de su civilización, es decir de sus valores y principios intemporales.

 Decimos historiadores, pero en verdad lo que hacemos es acuñar un concepto cuyo sentido actual no se corresponde con el que tenía antiguamente, donde esas distinciones entre las diferentes ciencias y artes de la cosmogonía (y la Historia es una de ellas) no estaban tan separadas ni «especializadas» como lo están en la actualidad. Esa especialización no existía desde luego en Heródoto (el "padre de la Historia", según Cicerón), pero tampoco en Homero y Hesíodo, que no eran propiamente historiadores, sino aedos y poetas, y a los que habría que añadir el Mahabharata, el gran poema épico hindú, dentro del cual se encuentra la Bhagavat Gita, uno de los grandes textos sapienciales de esa tradición milenaria. Se ha atribuido esa epopeya a Viasa, el cual al parecer no era un personaje en concreto sino más bien una «entidad espiritual» que conformó una «escuela de sabiduría», al estilo de muchas otras que existieron en diversas civilizaciones de la antigüedad, no sólo en Oriente sino también en Occidente. Pensemos en Pitágoras, o en Platón. Siguiendo con la tradición hindú, lo mismo podemos decir de esa otra epopeya descrita en el Ramayana, cuya autoría se debe al sabio Valmiki. En la misma tradición encontramos los Puranas, atribuidos también a la escuela de Viasa, y que se traduce tanto por "Antiguo" como por "Historia". En los Puranas las genealogías históricas tienen un importante componente legendario y mítico, sin olvidarnos de que también existen referencias a los tiempos crepusculares y a la naturaleza de las relaciones y condiciones de los hombres y mujeres que habitarán el fin del ciclo humano actual, en el que estamos inmersos ahora mismo los habitantes del siglo XXI. 

Recordemos asimismo al romano Virgilio (el «príncipe de los poetas latinos») el cual, no siendo propiamente un historiador, sin embargo en su obra más emblemática, la Eneida, nos encontramos ante un relato donde lo mítico y lo temporal se funden para conformar una historia sagrada, con una dimensión iniciática indiscutible, y esta es una de las razones de porqué otro gran poeta y amante de la Sabiduría como Dante lo tomó como uno de sus guías espirituales durante el recorrido de la Divina Comedia. La Eneida constituye un relato en el que partiendo de un hecho histórico (la destrucción de la ciudad de Troya), describe en realidad las aventuras del héroe troyano Eneas a la búsqueda de una nueva patria, recorriendo durante su periplo una geografía significativa (que recuerda en parte las aventuras de Ulises en la Odisea de Homero), y que le conducirá finalmente a la región italiana del Lacio.

Allí se establecerá y fundará una estirpe de la que surgirán los más grandes estadistas romanos, aquellos que contribuyeron a la creación de una civilización que conocerá su apogeo máximo en la época imperial, realización plena de lo que significó para la Antigüedad clásica la idea de la ecumene como la más bella de las realizaciones y síntesis de todos los estados e imperios anteriores en la Historia, al decir del historiador Polibio, quien en su obra Historias desarrolló la teoría de la Anaciclosis, consistente en la descripción cíclica de los regímenes políticos, sujetos, como todo lo cíclico, a un proceso de nacimiento, desarrollo y decadencia.

Mencionemos asimismo, entre tantos otros historiadores clásicos (y también geógrafos algunos de ellos), al judeo-romano Flavio Josefo, autor de Guerra de los Judíos y sobre todo de Antigüedades Judaicas, donde hace una glosa de los eventos más significativos del Antiguo Testamento. También Diodoro de Sicilia y su Biblioteca Histórica, o el griego Pausanias, que nos legó una Descripción de Grecia.

En el canto VI de la Eneida al héroe troyano, hijo del humano Anquises y de la diosa Venus, le son revelados las glorias de Roma y los ilustres nombres de esa estirpe que él engendrará, viendo por fin claro su Destino, lo que le empuja definitivamente hacia su cumplimiento. La Eneida es un verdadero paradigma del relato mítico como memoria que se actualiza en la historia y el tiempo de una cultura, en este caso la romana, con raíces troyanas y helénicas. 

Lo que Virgilio cuenta del héroe Eneas se puede trasladar en lo esencial a los mitos fundadores de todos los pueblos y sociedades antiguas, mitos que constituyen la irrupción de lo auténticamente suprahistórico en el tiempo, y que tienen como protagonistas principales a los dioses, héroes y sabios (los que conforman las genealogías míticas), cuyas acciones se convierten en los modelos ejemplares que han cumplido siempre una función de centros o ejes articuladores de la vida de esos pueblos, dándoles la plenitud de su sentido y significado, y permitiéndoles además desarrollarse de acuerdo a los principios y leyes de una Cosmogonía Arquetípica. Lo que decimos de los hechos históricos también podríamos afirmarlo de determinados personajes, pues en verdad las biografías son parte constitutiva de la historia sagrada. En este sentido, las vidas de personas, seres o entidades que a lo largo de la historia han encarnado estados espirituales son importantes precisamente por ser simbólicas,

“es decir como reveladoras de determinadas pautas esotéricas, perfectamente asimilables –en cuanto son ejemplares– al hombre en general, por ser universales y no sujetas por eso al espacio y al tiempo sino de modo secundario. Tienen también otra función: la de ir preparando el camino para el conocimiento y comprensión de otra historia, secreta para los que no son capaces de profundizar y establecer relaciones entre símbolos y se sienten satisfechos con las inverosímiles historias oficiales. La verdadera historia es otra cosa. Y los occidentales podemos leer en la nuestra como en una simbólica de ritmos y ciclos, una danza de cadencias y entrelazamientos, no casuales por cierto, y donde todos y cada uno de los hechos adquieren un significado en la armonía del conjunto, que se contempla bajo una lectura diferente, bañada por una nueva luz.” (Introducción a la Ciencia Sagrada. Programa Agartha -acápite «Biografías»-, de Federico González y colaboradores).

 

Fuente: El Simbolismo de la Historia (capítulo I)

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