EL CABALISTA AZRIEL DE GERONA Y SU CONCEPTO DEL INFINITO. Francisco Ariza
Durante
el siglo XIII, y entre los primeros cabalistas de Gerona (España), tal vez sea
en las obras de Azriel ben Menajen, Ezra ben Salomón y Jacob ben Sheshet, donde
más se destaca el aspecto didáctico del Árbol de la Vida sefirótico y el concepto del Infinito en el que necesariamente
desemboca su enseñanza. Azriel escribió numerosos tratados con esa intención,
entre los que destaca uno denominado Explicación
de las Diez Sefiroth. En él, confeccionado a modo de preguntas y
respuestas, traza un cuadro de correspondencias entre las sefiroth y los diez primeros números.
No
en vano la palabra sefirah quiere
decir “número”, o “numeración”, pero el número entendido no como cifra o mera
cantidad, sino como una idea-fuerza que manifiesta, al igual que las sefiroth, los atributos y cualidades
creadoras de Kether (“Corona”), la
primera sefirah, la Unidad. La
similitud que esta concepción tiene con lo expuesto por el neoplatonismo y la escuela
pitagórica a través de la Mónada (el Uno), es desde luego muy evidente para que
pase desapercibida. De hecho, Azriel se considera como el más neoplatónico de
todos los cabalistas de Gerona, lo que no es de extrañar teniendo en cuenta que
fue uno de los más directos discípulos de Isaac el Ciego, afincado en la
Provenza francesa.
Esta identidad entre
las energías sefiróticas y las
numéricas se encuentra ya en el Sefer Yetsirah
(el “Libro de la Formación”, el primer gran tratado del esoterismo judío), cuya
descripción de la cosmogonía reposa en las correspondencias entre la década sefirótica y la numérica. El número diez
es un símbolo de la totalidad manifestada, pues no hay más números que los que
componen la Década, como tampoco existen más sefiroth que las diez que emanan de la Unidad divina. Así es
señalado precisamente en el Sefer
Yetsirah, en cuyo primer capítulo podemos leer:
“Diez sefiroth belima (cerrados y completos), diez y no nueve, diez y no once.
Comprende por Sabiduría, instrúyete por Inteligencia. Examínalos y escruta a
partir de ellos”.
Sabiduría justamente se
llama la segunda sefirah, Hokmah, e Inteligencia la tercera, Binah. Las dos, junto a Kether, conforman Atsiluth, el plano más alto del Árbol de la Vida, que se
corresponde con la Tri-unidad de los principios ontológicos.
Los nombres divinos y
los números son las middoth, esto es,
las “medidas” con las que Dios organiza la arquitectura cósmica. De ahí la
denominación de Gran Arquitecto del Universo con que los cabalistas designan el
Principio que idea los distintos planos de la creación, que se irán
manifestando y concretando por medio de las restantes sefiroth. A esto alude Gershom Scholem en su obra La Cábala y su
Simbolismo:
“El mundo secreto de la
divinidad es un mundo de lenguaje, un mundo de nombres divinos que se
despliegan (y ordenan) según sus propias leyes”.
II
Pero, como dice el Sefer ha Zohar (el “Libro del
Esplendor”, el otro gran tratado cabalístico):
“Dios es el ser
infinito, y no se debe mirar ni como el conjunto de todos los otros seres, ni
como la suma total de sus atributos propios. No obstante, sin los atributos y
los beneficios que nosotros recibimos de ellos no seríamos capaces de
comprenderlo o conocerlo”.
En realidad, las diez sefiroth son los nombres del Innombrable,
que es el “Misterio de los Misterios”, el “Dios Oculto” de todas las gnosis o
vías de conocimiento. Oculto porque jamás se manifiesta, y sin embargo es de
esa no manifestación de donde brotan las tres primeras sefiroth, consideradas, señala Azriel, como “la fuerza del Ain Sof (o Ein Sof, el Infinito) en lo finito”. De
esta manera, Ain, el Dios que
"No Es", se revela en Ani (Yo),
el Dios que “Es”, que tiene Nombre (YHVH), aunque solo Él puede conocerse a Sí mismo, como
nos recuerda el episodio de la zarza ardiente al preguntarle Abraham a Dios quién es
Él: “Yo Soy el Que Soy”.
Por eso, Dios es al mismo tiempo el Infinito impersonal (el No Ser, Ain) y el Infinito personificado (Ani, el Ser) [2].
Recogiendo las enseñanzas de los cabalistas, podría decirse que Dios hizo de su nada (o sea de su no ser) su ser, no que hizo su ser de nada, en el sentido de la nada como la negatividad absoluta, que es lo que en el fondo subyace en el equívoco planteamiento filosófico de la creatio ex nihilo (la "creación a partir de nada"). En el acto mismo de la creación subyace un misterio inescrutable, y Azriel nos ofrece una explicación de ese misterio llegando a un planteamiento semejante a la doctrina de la no-dualidad, la adwaita hindú:
“Si alguien te
pregunta: ¿qué es Dios?, responde: aquel al que nada le falta. Si te pregunta:
¿existe alguna cosa fuera de Él?, responde: nada existe fuera de Él. Si te
pregunta: ¿cómo saca su ser de nada, teniendo en cuenta la gran diferencia
entre ser y nada?, responde: aquel que saca su ser de nada, por este hecho nada
le falta, porque el ser está en la nada a la manera de la nada, y la nada está
en el ser a la manera del ser”.
De esta manera, el Ser
es el No Ser afirmado (como el número uno es el cero afirmado), pues a partir
de esa afirmación se despliegan todas las posibilidades de manifestación
contenidas en el Ser y totalizadas en la década sefirótica. De ahí que exista una jerarquía entre el No Ser y el
Ser, ya que este proviene de aquel, como el uno proviene del cero [3]. “El mundo subsiste por el Misterio”, nos
recuerda de nuevo el Zohar.
Para ilustrar esta
transformación producida en el seno del Dios incognoscible que se da a conocer
mediante sus atributos, Azriel acude a la teoría de la Tsim-Tsum, ya vislumbrada por Isaac el Ciego y los cabalistas
provenzales, y que será particularmente desarrollada por Isaac Luria y su
escuela en el Safed del siglo XVI. El término Tsim-Tsum alude a la máxima “contracción”, “restricción”,
“retracción” o “concentración” que Dios, como Ain Sof, opera en su Luz infinita, para dar lugar a la expansión
cósmica. Por consiguiente, la Creación existe por ese gesto “autorestrictivo” del Infinito. A este respecto, Leo Schaya en El Significado Universal de la Cábala señala:
“Por medio de este
lenguaje simbólico, la Cábala trata de expresar la génesis misteriosa del mundo
finito (del cosmos) en medio del infinito”.
En el mismo sentido se
expresa también G. Scholem:
“La transformación de
la nada en ser es un acontecimiento que sucede en Dios mismo”.
En su Ilimitada
Plenitud, el Infinito, lo abarca Todo, lo manifestado y lo no manifestado, el
Ser y el No Ser. De lo contrario no sería el Infinito.
No existe, por tanto,
una discontinuidad o una separación, entre el Infinito y lo finito, como
tampoco la hay entre el carbón y la llama, a la que alimenta, por utilizar una
imagen muy gráfica de los cabalistas. Lo Infinito se interpenetra con lo
finito, y las “puertas” por las cuales ambos se comunican son las sefiroth, los nombres y atributos
divinos. Estos aparecen así como entidades intermediarias que permiten que esa
comunicación sea una permanente realidad para el hombre que busca retornar a la
Unidad, a su identidad original y, fundido en ella, establecerse en el Misterio
del Infinito. Francisco Ariza
[1] Este texto, revisado, forma parte de “Las Corrientes Hispánicas de la Cábala”, publicado en Ed. Symbolos dentro de su colección Cuadernos de la Gnosis Nº 2 (1993).
[2]
Existe aquí una correspondencia con la tradición hindú cuando en ella se
"distingue" entre Brahma Nirguna (sin atributos), y Brahmâ saguna (con atributos), que es
propiamente el Principio de la manifestación universal.
[3] A dicha jerarquía se refiere el Tao-Te-King en los siguientes términos: “Treinta rayos convergen en el círculo de la rueda / y por el espacio que hay entre ellos / es donde reside la utilidad de la rueda / La arcilla se trabaja en forma de vasos/ y en el vacío reside la utilidad de ellos / Se abren puertas y ventanas en las paredes de una casa / y por los espacios vacíos es que podemos utilizarla / Así de la no-existencia viene la utilidad y de la existencia la posesión”.

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