LA ESPADA DEL VERBO. Francisco Ariza
León de Judá es uno de los nombres del
Cristo de la Segunda Venida, sugerida ya en Lucas (12:49):
"¡He
venido a traer fuego a este mundo, y ojalá estuviera ya ardiendo!”
Naturalmente incendiarlo con el fuego de
la palabra salida del Verbo. Asimismo, en Mateo (10: 34-36) leemos estas otras
palabras que a muchos pueden extrañarles por la imagen que se han formado de un
Jesús edulcorado, cuando es todo lo contrario, un guerrero que lucha contra la
maldad de este mundo y las tinieblas que nublan el corazón de los hombres:
“No crean que he venido a traer paz a la tierra. No
vine a traer paz, sino espada”.
(Esa “paz a los hombres de buena voluntad”
de que se habla en el evangelio de Lucas, 2:14, viene posteriormente, como
consecuencia de una victoria sobre esas tinieblas).
El testimonio de Cristo está prefigurado
también por los profetas del Antiguo Testamento:
“El
Mesías venidero golpea la tierra con la vara de su boca.” (Isaías 11:4).
"¿No
es mi palabra como fuego -declara el Señor- y como martillo que desmenuza la
roca?" (Jeremías 23:29).
“El
siervo del Señor dice: ‘Hizo de mi boca una espada afilada.’" (Isaías
49:2).
Testimonios estos últimos anunciados
también por Juan en el Apocalipsis (19:15).y que siguen a la “Gran Tribulación”[1],
ese período anterior a la Segunda Venida:
"De
su boca saldrá una espada afilada con la que derribará a las naciones".
En el contexto del esoterismo cristiano,
la espada está representando a la propia doctrina plasmada en el Evangelio
Eterno, por eso la “espada afilada” tiene el sentido de destruir el mal y el de
otorgar la vida espiritual.
Ese “don” está presente también en la
espada del Grial, “excalibur”, la que vence a nuestros “enemigos internos” y
nos pone "contra la pared", haciéndonos conscientes de los límites de
lo humano para concebir lo suprahumano; la espada que, como el fulgor del rayo,
posee el poder fecundador de las energías de los mundos superiores. No en vano
“excalibur” es una contracción de ex caelo boreo: “del cielo
boreal”, o sea “del cielo polar”, lo cual la asimila al Eje del Mundo que
comunica el Cielo con la Tierra.
Por eso el proceso de transmutación y
sublimación alquímica se “consuma” recibiendo en el corazón el fuego sutilísimo
del Espíritu, que abre la vía a los viajes celestes en dirección al Empíreo, el
“Habitáculo de Dios”, la Ciudad Celeste. Empíreo quiere decir “ígneo”, al que
Dante describe como un:
“cielo
inflamado por el ardor de su fuego, no porque exista allí un fuego o calor
material, sino por el fuego espiritual, que es el Amor santo o Caridad”. (Epístola
a Cangrande della Scala, XIII, 67-68).
Nada tienen que ver estas manifestaciones
de “una realidad otra” con el reino de “este mundo”, a cuyo mando,
parafraseando a Shakespeare, está “un idiota, lleno de ruido y furia”.
De ahí palabras de Cristo dichas ante
Poncio Pilatos momentos antes de comenzar su pasión y muerte en la cruz, y
recogidas por Juan:
“Jesús
respondió: Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo,
entonces mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos;
mas ahora mi reino no es de aquí. Pilatos entonces le dijo: ¿Así que tú eres
Rey? Jesús respondió: Tú dices que soy Rey. Para esto yo he nacido y para esto
he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la
verdad escucha mi voz. Y entonces Pilatos le pregunta: ‘¿Qué es la Verdad’?“
(18: 33-38).
“Todo el que es de la verdad escucha mi voz”. Esto es lo que significa ser hermanos en el Espíritu, aquellos que al contrario de Pilatos (el indiferente “que se lava las manos”) no se preguntan “¿Qué es la Verdad?” Han vuelto a nacer en y con ella, pues un intenso trabajo consigo mismos les ha hecho reconocerla en su interior. Francisco Ariza
[1] Gran Tribulación:
Período tras el cual los “justos del mundo” serán sublimados en la Jerusalén
Celeste, participando de esos “nuevos cielos y nueva tierra” del próximo Manvantara,
o ciclo de la nueva humanidad.

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