EL "PANLUDO" (EL JUEGO CÓSMICO) EN LOS TIEMPOS POSTREROS

 

"Los jugadores de ajedrez". Friedrich Moritz, 1831

El Gran Leviatán, el monstruo bíblico representativo del Caos, ha mutado y se ha hecho definitivamente global. Esto solo podía pasar en el “reino de la cantidad”, como ha sido denominado nuestro mundo actual y que es de hecho la causa de su descomposición. La pandemia aceleró ese proceso de descomposición social, pero con ella cohabitaron y cohabitan varias "pandemias" más, también a nivel global. Por ejemplo la del “revisionismo” histórico y de las costumbres, así como el hipócrita puritanismo de lo “político y moralmente correcto”, cuando la moral y las costumbres son tan cambiantes como las modas y las fases lunares. La “Nueva Inquisición” arrincona la memoria de los siglos en el almacén del olvido, e irremediablemente una enorme ola de estúpida y mezquina puerilidad recorre el mundo. Pero nada es por casualidad, y más vale preguntarse: ¿quién mueve estos hilos?, ¿quién quiere enfrentar a las generaciones entre sí, y a cada individuo consigo mismo? ¿Quién busca, en definitiva, la división y la desintegración de la humanidad?

Algunos filósofos griegos, conocedores de las leyes cíclicas (como Platón) afirmaban que “todo en el cosmos conspira”, queriendo decir con ello que el mando de la Gran Máquina del Mundo, gobernado por los ángeles, o los dioses, es tomado, en el momento de desintegración de las civilizaciones, por aquellas otras entidades que son su reverso oscuro y tenebroso, precisamente para ir desmontándolas pieza a pieza. También puede verse esa “conspiración” como una gran partida de ajedrez jugada por los Devas y los Asuras, los dioses y los demonios hindúes. Se trata del “panludo”, del “juego cósmico”, como nos recuerda Federico González en una de sus obras literarias ("Defensa de Montjuïc por las Donas de Barcelona"), y en donde siempre tienen las de ganar los demonios, pues el "espíritu del tiempo" de toda descomposición civilizadoras se corresponde con su naturaleza. En este tiempo de desguace vivimos.

Pero la culpa es en gran parte nuestra por aceptar esa engañifa del “progreso indefinido” puesto en práctica en cuanto llegaron los “pensadores” y científicos que trajeron la modernidad negando o menospreciando previamente toda la tradición cultural anterior, como si ese “progreso” fuera una ley inexorable cuando no es sino el resultado de una concepción lineal (falsa) y no cíclica (y regeneradora) del tiempo y de la historia. Lo cierto es que en ninguna época se ha concebido una cosa así. 

La vida humana, como la de la naturaleza y la del cosmos entero que la envuelven, obedecen a flujos y reflujos, a subidas y bajadas, pues ese es el ritmo y el latido de un Corazón con el que están acompasados todos los corazones del Universo. “Nada en exceso” decían también los antiguos estoicos. Ni progreso indefinido ni retroceso, sino más bien una sabia combinación de ambos, pues en ese equilibrio consiste el secreto de las sociedades que viven de acuerdo a la Norma o Dharma Universal.

A veces, progresar es conservar, otras regenerar lo conservado para adaptarlo a las nuevas condiciones cíclicas. Podríamos preguntarnos también por qué civilizaciones tan antiguas como la China, la Mesopotámica o la Egipcia duraron tanto en el tiempo, que se cuenta por miles de años, cuando la nuestra, la civilización moderna, apenas si ha llegado a los doscientos años, desde la revolución francesa. En aquellas civilizaciones con la llegada de una nueva dinastía, que podía durar cientos de años, se renovaba todo lo que debía ser renovado, pero se conservaba lo perenne, la esencia de esa civilización, que entroncaba con los orígenes míticos e históricos de la misma. 

Pero hablamos de civilizaciones gobernadas por los más sabios y por reyes-sacerdotes, que sabían leer en los “signos de los tiempos” al estar en permanente comunicación con los dioses. Recordando lo que decían los neoplatónicos medievales de la Escuela de Chartres, si cada nueva generación podía “ver más lejos” no es porque fuese mejor que las generaciones anteriores, sino porque iban encima de sus hombros.

Craso error sería, por consiguiente, otorgar a la “inteligencia artificial” el rango creador que nos pertenece a nosotros por estar hechos a imagen y semejanza del Hacedor. Es evidente que la humanidad actual ha hecho dejación de sus funciones, y ese espacio lo ha ocupado precisamente el simulacro de la inteligencia artificial dejada a su albur y sin medida alguna que la pueda controlar, pues ya se están encargando sus promotores de vendernos la bondad de sus "paraísos artificiales".

Por eso mismo, y más que nunca, la Tradición y sus valores perennes y eternos es nuestra Arca de salvación, nuestro castillo interior, ese espacio que nos preserva de las "tinieblas exteriores" y nos pone en comunicación con otras realidades más vírgenes de nuestra conciencia al no estar contaminadas por esta vasta profanación provocada por el Adversario de lo humano y de lo sagrado. Pero acabar con esa enorme Ilusión que ensombrece nuestra época le corresponderá a ese rayo de que habla San Mateo (24: 27-28):

“Porque así como el relámpago sale del Oriente y resplandece hasta el Occidente, así será la venida del Hijo del Hombre. Donde esté el cadáver, allí se juntarán los buitres.”

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