EL "PANLUDO" (EL JUEGO CÓSMICO) EN LOS TIEMPOS POSTREROS
El Gran Leviatán, el monstruo bíblico representativo
del Caos, ha mutado y se ha hecho definitivamente global. Esto solo podía pasar
en el “reino de la cantidad”, como ha sido denominado nuestro mundo actual y
que es de hecho la causa de su descomposición. La pandemia aceleró ese proceso
de descomposición social, pero con ella cohabitaron y cohabitan varias
"pandemias" más, también a nivel global. Por ejemplo la del
“revisionismo” histórico y de las costumbres, así como el hipócrita puritanismo
de lo “político y moralmente correcto”, cuando la moral y las costumbres son
tan cambiantes como las modas y las fases lunares. La “Nueva Inquisición”
arrincona la memoria de los siglos en el almacén del olvido, e
irremediablemente una enorme ola de estúpida y mezquina puerilidad recorre el
mundo. Pero nada es por casualidad, y más vale preguntarse: ¿quién mueve estos
hilos?, ¿quién quiere enfrentar a las generaciones entre sí, y a cada individuo
consigo mismo? ¿Quién busca, en definitiva, la división y la desintegración de
la humanidad?
Algunos filósofos griegos, conocedores de las leyes cíclicas (como Platón)
afirmaban que “todo en el cosmos conspira”, queriendo decir con ello que el
mando de la Gran Máquina del Mundo, gobernado por los ángeles, o los dioses, es
tomado, en el momento de desintegración de las civilizaciones, por aquellas
otras entidades que son su reverso oscuro y tenebroso, precisamente para ir
desmontándolas pieza a pieza. También puede verse esa “conspiración” como una
gran partida de ajedrez jugada por los Devas y los Asuras, los dioses y los
demonios hindúes. Se trata del “panludo”, del “juego cósmico”, como nos
recuerda Federico González en una de sus obras literarias ("Defensa de Montjuïc por las Donas de Barcelona"), y en donde siempre
tienen las de ganar los demonios, pues el "espíritu del tiempo" de
toda descomposición civilizadoras se corresponde con su naturaleza. En este
tiempo de desguace vivimos.
Pero la culpa es en gran parte nuestra por aceptar esa engañifa del “progreso
indefinido” puesto en práctica en cuanto llegaron los “pensadores” y científicos
que trajeron la modernidad negando o menospreciando previamente toda la
tradición cultural anterior, como si ese “progreso” fuera una ley inexorable
cuando no es sino el resultado de una concepción lineal (falsa) y no cíclica (y regeneradora) del tiempo
y de la historia. Lo cierto es que en ninguna época se ha concebido una cosa
así.
La vida humana, como la de la naturaleza y la del cosmos entero que la
envuelven, obedecen a flujos y reflujos, a subidas y bajadas, pues ese es el
ritmo y el latido de un Corazón con el que están acompasados todos los
corazones del Universo. “Nada en exceso” decían también los antiguos estoicos.
Ni progreso indefinido ni retroceso, sino más bien una sabia combinación de
ambos, pues en ese equilibrio consiste el secreto de las sociedades que viven de
acuerdo a la Norma o Dharma Universal.
A veces, progresar es conservar, otras regenerar lo conservado para adaptarlo a
las nuevas condiciones cíclicas. Podríamos preguntarnos también por qué
civilizaciones tan antiguas como la China, la Mesopotámica o la Egipcia duraron
tanto en el tiempo, que se cuenta por miles de años, cuando la nuestra, la
civilización moderna, apenas si ha llegado a los doscientos años, desde la
revolución francesa. En aquellas civilizaciones con la llegada de una nueva
dinastía, que podía durar cientos de años, se renovaba todo lo que debía ser
renovado, pero se conservaba lo perenne, la esencia de esa civilización, que
entroncaba con los orígenes míticos e históricos de la misma.
Pero hablamos de
civilizaciones gobernadas por los más sabios y por reyes-sacerdotes, que sabían
leer en los “signos de los tiempos” al estar en permanente comunicación con los
dioses. Recordando lo que decían los neoplatónicos medievales de la Escuela de
Chartres, si cada nueva generación podía “ver más lejos” no es porque fuese
mejor que las generaciones anteriores, sino porque iban encima de sus hombros.
Craso error sería, por consiguiente, otorgar a la “inteligencia artificial” el
rango creador que nos pertenece a nosotros por estar hechos a
imagen y semejanza del Hacedor. Es evidente que la humanidad actual ha
hecho dejación de sus funciones, y ese espacio lo ha ocupado precisamente el
simulacro de la inteligencia artificial dejada a su albur y sin medida alguna
que la pueda controlar, pues ya se están encargando sus promotores de vendernos
la bondad de sus "paraísos artificiales".
Por eso mismo, y más que nunca, la Tradición y sus valores perennes y eternos
es nuestra Arca de salvación, nuestro castillo interior, ese espacio que nos preserva
de las "tinieblas exteriores" y nos pone en comunicación con otras
realidades más vírgenes de nuestra conciencia al no estar contaminadas por esta
vasta profanación provocada por el Adversario de lo humano y de lo sagrado.
Pero acabar con esa enorme Ilusión que ensombrece nuestra época le
corresponderá a ese rayo de que habla San Mateo (24: 27-28):
“Porque así como el relámpago sale del Oriente y resplandece hasta el
Occidente, así será la venida del Hijo del Hombre. Donde esté el cadáver, allí
se juntarán los buitres.”

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