FILÓSOFOS Y POETAS HEBREO-ANDALUCES EN LOS ORÍGENES DE LA CÁBALA (III). Los Mensajeros del Dios Vivo

Aggadá de Barcelona


I
Resulta revelador, por la genuina forma de concebir el aprendizaje de la enseñanza recibida en la Academia talmúdica, el hecho de que esta recibiera el significativo nombre de “Novia”, lo cual lleva implícita la idea de que dicha enseñanza es una preparación para los “esponsales” del alma con el espíritu. Tengamos en cuenta en este sentido que Novia es uno de los nombres que recibe la Shekinah, la “Presencia real” de la Divinidad en el corazón del hombre. En realidad, si nos fijamos bien esta era la finalidad última que han perseguido siempre todas las academias, centros y escuelas de Conocimiento que han existido en las distintas civilizaciones tradicionales dedicados a la enseñanza de la Ciencia Sagrada en sus distintas formas de expresión: religiosa, cosmogónica, filosófica y metafísica. Pensemos, por ejemplo, en las creadas por Pitágoras y Platón, que fueron el modelo en que se basaron algunos de los centros más prestigiosos de la Edad Media (Escuela de Oxford y Escuela de Chartres, entre otras), y por supuesto, ya en el Renacimiento nada menos que la fundación de la Academia Platónica de Florencia, inspirada en la de Atenas, que estuvo vigente hasta el siglo VI de nuestra era, y cuyo espíritu ha llegado hasta nuestros días.[1]

No debemos olvidar que en las escuelas judeo-andaluzas se encontraban los auténticos renovadores de los estudios bíblicos en el Occidente medieval. Ellas estaban centradas en el estudio del Talmud siguiendo el modelo de las existentes en Babilonia desde hacía siglos. Entre estas últimas y las escuelas talmúdicas de Córdoba, Lucena, Granada y Sevilla principalmente existió a partir de un momento dado (que situamos en el siglo VII) una gran comunicación como lo demuestra la intensa correspondencia epistolar entre dichas escuelas del Occidente y del Oriente judío. Todo esto lo recoge pormenorizadamente en su libro Sefer ha-Qabalah (Libro de la Tradición) quien ha sido considerado el primer historiador hispano-hebreo: Abraham ben David ha-Levi ibn Daud, nacido en Córdoba en el siglo XII, aunque tuvo que exiliarse al Toledo cristiano con la llegada de los almohades a Andalucía. Al comienzo del libro, Abraham ben David expone lo siguiente:

Escribimos este tratado de la tradición para dar a conocer a los discípulos que todas las palabras de nuestros maestros, de bendita memoria, los sabios de la Misnah y del Talmud, fueron transmitidas a un sabio grande y justo por otro, a un presidente de la Academia y su grupo por otro, así hasta los miembros de la Gran Asamblea que las recibieron de los profetas, ¡bendita sea la memoria de todos ellos!

Ben David se centra en la “cadena de transmisión de la Ley”, es decir de la Torá, tanto escrita como oral. De esta última surge la Misná, la interpretación hermenéutica compilada por los Tannaim, la cual forma parte del Talmud, al igual que la Guemará, compilada por los Amoraim:

Seguidamente ben David fija la cronología de los hechos históricos más relevantes de la historia del pueblo de Israel, haciendo siempre especial hincapié en la transmisión de la tradición. A este fin, distribuye su relato cronístico en varios capítulos, dedicados a las diferentes generaciones de transmisores de la Ley oral: Tannaim, Amoraim, Saboraim, Gaonim y Rabbanim. (…) El séptimo y último capítulo está dedicado a la transmisión de la tradición desde las Academias de Babilonia a al-Ándalus…[2]

El Libro de la Tradición tiene como fuente principal la obra Seder Olam Rabbah (Gran Orden del Mundo) y Seder Olam Zutah (Pequeño Orden del Mundo) obras atribuidas a José ben Halafta, sabio rabínico que vivió en Palestina y Galilea en el siglo II d.C. Es importante resaltar que ben Halafta fue alumno de Rabí Akiba, al igual que el ya nombrado Simeón bar Yochai, a quien Moisés de León le atribuye la autoría espiritual del Zohar, escrito como se sabe por el propio Moisés de León en Castilla en el siglo XIII. Este dato no es menor desde luego, y confirma una vez más que las vías de transmisión del conocimiento en el Judaísmo adquieren formas muy diversas y a veces sorprendentes como señalamos anteriormente cuando hablamos de la presencia del “Espíritu de Elías”. Precisamente ciertas leyendas referidas a ben Halafta señalan que él conoció al profeta Elías; en este punto nosotros nos preguntamos ¿no sería ese mismo “espíritu” el que favoreció que la “cadena de transmisión de la Ley” encontrara nuevo cobijo bajo el cielo intensamente luminoso de Sefarad?[3]




Edición del Zohar de 1560. Cremona, Italia. La inscripción 
del frontispicio dice: "El Zohar - 'como el mismo cielo por claridad' " (Éxodo 24:10).

Quizá bajo esta perspectiva habría que leer la aparición del Zohar como expresión fidedigna de esa “cadena de transmisión” de la Sabiduría, y escrito por Moisés de León a lo largo de sus viajes por las tierras de Sefarad, transmisión a la que desde luego no fue ajena toda esta pléyade de filósofos, poetas, gramáticos e historiadores judíos, surgidos en distintos puntos de esa geografía, pero especialmente en la parte Sur de la misma, generadora de altas civilizaciones como Tartesos, e intensa receptora de todos los grandes pueblos y culturas del Mediterráneo y del Cercano Oriente desde tiempos inmemoriales. No es de extrañar entonces que encontremos cartas como la enviada por Aarón Cohen, Gaón de Pumbedita (Babilonia), a Hasday Ibn Saprut, el príncipe (nasi) de los judíos españoles, en la que podemos leer lo siguiente:


Desde tiempos muy remotos hasta nuestro tiempo la sabiduría se encuentra en España (...) También en diversas ocasiones enviaron a España sus preguntas en tiempos de los sabios de la instrucción, los hombres de la Misná, y dieron su respuesta. También ellos hicieron consultas (...).

Estas palabras confirman de hecho la existencia de una comunicación cada vez mayor entre las Academias de Babilonia y Sefarat. No son palabras de un espíritu exaltado, sino que responde a una realidad -al mismo tiempo histórica y mítica- que se fue concretando desde hacía tiempo en este apéndice territorial del gran continente Euroasiático que es la Península Ibérica. Como afirma Yitzhak Baer en la introducción a su libro Historia de los Judíos en la España Cristiana:

Los orígenes del establecimiento de los judíos en España, como ha ocurrido con todos los países de la Diáspora, fueron pronto motivo de leyendas. A partir del siglo X circularon numerosas historias relativas a familias y comunidades judías de cuyos antecesores se aseguraba que Tito, o incluso Nabucodonosor, los había desterrado de Judea y traído a España. Estas leyendas se entrelazaron con otras de la España prehistórica según las cuales ciertos reyes mitológicos de España, tales como Hércules, Hispán y Pirro, habían participado en la conquista de Jerusalén por Nabucodonosor. Tanto los judíos como los cristianos se empeñaron en asociar sus orígenes con las tradiciones más antiguas y consagradas del género humano. Hacia el final de la Edad Media, los conversos de ascendencia judía buscaron apoyo en estas leyendas con el fin de probar que sus antecesores no habían tomado parte en la crucifixión de Jesús. Pero en un principio el motivo predominante en la formación de tales leyendas fue la convicción de los judíos españoles de que su alto nivel cultural se debía a su descendencia de la tribu de Judá, que habría sido desterrada a España tras la destrucción del Primer Templo. Esta tradición se escucha por primera vez en el siglo X, en los días del distinguido hombre de Estado Hasday ben Ishac ibn Saprut.

En más de una ocasión hemos hablado del mito, o la leyenda, como un componente básico del conocimiento de la Historia. Se ha dicho, con toda razón, que las leyendas sintetizan la Historia. Claro está que estamos hablando de las leyendas surgidas en el contexto de una sociedad tradicional, que se enhebran a partir de un hecho cierto, en este caso la descendencia de los judíos sefarditas de la tribu de Judá (es decir del tronco de David, Salomón y Jesús), lo cual explicaría ese “elevado nivel cultural” al que alude Baer, y cuyo mayor logro consistió en el resurgir de la Cábala, pero también en la implantación de los estudios talmúdicos en Occidente con la llegada a Al-Andalus en 771 (o sea doscientos años antes de la relación entre el Gaón de Pumbedita e Ibn Saprut) del exilarca babilonio Natronai ben Habibai, de la casa de Judá precisamente, pues era descendiente directo del rey David. Natronai ben Habibai se asentó en Almería y posteriormente pasó a la antigua Septimania francesa, es decir a la actual Provenza, concretamente a Narbona. Se dice que Natronai ben Habibai no era otro que Makhir ben Judá Zakkai, acerca del cual leemos en la Jewish Encyclopedia, en donde aparece nuevamente el Libro de la Tradición de Abraham ben David ibn Daud:

Un erudito babilónico que se estableció en Narbona, Francia, a fines del siglo VIII y cuyos descendientes fueron durante muchas generaciones los líderes de esa importante comunidad. Según una tradición conservada por Abraham ibn Daud en su "Sefer ha-abbalah" [El Libro de la Tradición], Machir era un descendiente de la casa de David. Fue enviado a Narbona por el califa Harun al-Rashid a petición de Carlomagno, quien, se dice, recibió al erudito babilónico con gran honor, confiriéndole a él y a sus descendientes el título de "rey de los judíos", ofreciéndole una zona de la ciudad de Narbona. Aunque esta relación entre Machir y Carlomagno es probablemente legendaria, es un hecho que la familia Machir disfrutó de muchos privilegios, y sus miembros llevaban el título de "nasi" (príncipe). Benjamín de Tudela también registra la existencia de un "rey" judío en Narbona. El lugar de residencia de la familia Machir en Narbona fue designado en documentos oficiales como "Cortada Regis Judæorum" (Saige, "Hist. Des Juifs du Languedoc", p. 44). Se dice que Machir fundó allí una escuela talmúdica que compitió en grandeza con las de Babilonia y que atrajo a alumnos de muchos puntos distantes.[4]

Como estamos viendo, ese prestigioso origen davídico sale a la luz en el siglo X gracias a Hasday Ibn Saprut, que como dijimos anteriormente fue también el nasi o príncipe de la comunidad judía que vivía en toda la España musulmana durante el Califato de Abderramán III. Algo hemos dicho en la entrega anterior sobre la labor, especialmente diplomática, llevada a cabo por Hasday ibn Saprut, el cual, pensando siempre en sus hermanos judíos, comenzó a tejer alianzas políticas y culturales entre los reinos cristianos del Norte peninsular (León, Navarra) y el Califato Omeya de Córdoba, que en ese momento se encontraba en la cúspide de su poder. Esa misma alianza la buscó con el emperador de Bizancio Constantino VIII y con Otón I de Alemania, el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Estamos aquí ante un hecho que hay que inscribir dentro de la Historia “oculta” de Occidente, y que quizá algún día abordemos. Sí diremos, no obstante, que la intención de Ibn Saprut era “integrar” a todos los judíos de Europa, sefardíes y askhenazíes, en una única comunidad a falta de un reino judío como el que existió en tiempos de Saúl, David y Salomón.[5] Este deseo del médico y hombre de Estado que fue Ibn Saprut no se vería cumplido, pero nos indica el estado mental de los sefarditas en una época en que, dentro del mundo judío, estaba tomando un protagonismo cada vez mayor el Occidente con respecto al Oriente, de quien, sin embargo, recibiría su luz como hemos dicho anteriormente.





La Menorá, o candelabro sagrado, en un sillar de la iglesia arciprestal de San Pedro y San Ildefonso. Zamora. 
Obsérvese las dos cruces situadas en la base a uno y otro 
lado del eje central.

Sabedor de esta realidad, Ibn Saprut, imitando quizá al exilarca Natronai ben Habibai (o Makhir ben Judá Zakkai) crea las condiciones necesarias para que las Academias talmúdicas de al-Ándalus se convirtieran en las sustitutas de las escuelas de Babilonia. La luz del Oriente prendió en Occidente con fuerza, y esto se vería con todo su esplendor cuando aparezcan los primeros textos cabalísticos apenas cien años después de ese “trasvase” de sabiduría de Babilonia a Sefarad, España, y a través de ella a Tzarfat, nombre hebreo de Francia, cuya zona mediterránea conformaba una especie de “geografía simbólica” muy vinculada a la costa oriental del mismo mar, o sea Palestina y lo que hoy es el Líbano, la antigua tierra de Canaán.

II
La palabra, articulada por el alfabeto sagrado, es la “herramienta” de la que Dios mismo se sirve para crear toda la manifestación universal (la Cosmogonía), y en consecuencia el desarrollo mismo de la vida y la cultura judía gira en torno a esa idea, que se encarna con toda su plenitud en la Torá, el Pentateuco, y por extensión en todo el Antiguo Testamento. Por tanto, esa herramienta tiene sus códigos y claves, para que todo ese “tejido” de nombres y letras conforme un organismo vivo e interdependiente, sustentado en las analogías y correspondencias entre el mundo superior y el mundo inferior que abren senderos insospechados de la propia realización espiritual. Uno de esos códigos son los métodos derivados de la gematría, el notarikón y la temurah, tres métodos de investigación que conforman el Tserouf (arte de la combinación de las letras), muy utilizado por cabalistas como Abraham Abulafia (método análogo al utilizado por Ramón Llull en su Ars Combinatoria). En el fondo son sistema de conocimiento que derivan de la “Ciencia de la Letras” que, recordemos nuevamente, es también la “Ciencia de los Nombres”, y de los Números, pues cada letra equivale también a un número, tan sagrado como ella y el conjunto del alfabeto. Además, cuestión no menos importante, es que el término sefirah, o sefiroth en plural, que alude a cada uno de los diez nombres de Dios en el Árbol de la Vida, significa “número”.


El Árbol de la Vida Sefirótico.


Al igual que encontramos semejanzas entre lo que dice la tradición hindú y el judaísmo sobre la gramática, podemos encontrarlas también acerca de la gematría, el notarikón y la temurah, que serían análogas al nirukta, un Vedanga o “ciencia auxiliar del Veda” al igual que el vyâkarana o  gramática. Por esta misma razón la gematría el notarikón y la temurah también vendrían a ser “ciencias auxiliares de la Torá”. Acerca del nirukta René Guénon nos dice lo siguiente: 

El nirukta es la explicación de los términos importantes o difíciles que se encuentran en los textos védicos; esta explicación no reposa solamente sobre la etimología, sino también, lo más frecuentemente, sobre el valor simbólico de las letras y las sílabas que entran en la composición de las palabras; de ahí provienen innumerables errores por parte de los orientalistas, que no pueden comprender y ni siquiera concebir este último modo de explicación, absolutamente propio de las lenguas tradicionales, y muy análogo al que se encuentra en la Qabbalah hebraica, y que, por consiguiente, no quieren y no pueden ver más que etimologías fantasiosas, o incluso vulgares “juegos de palabras”, en lo que es naturalmente algo muy diferente en realidad.[6]

Todas las lenguas sagradas –como el sánscrito o el árabe- tienen, al igual que el hebreo, esta estructura gramático-numérica. En el caso de la gematría (de genmatria, “letras”), a partir de esas equivalencias pueden crearse una serie de permutaciones entre la letras que permiten establecer vínculos e identidades entre palabras distintas entre sí, y como estas palabras, y nombres, en verdad representan ideas y arquetipos, entonces de lo que se trata es de ampliar los sentidos y significados de esas palabras, haciendo posible incursionar en el mundo secreto de la Divinidad, con lo cual todos estos métodos surgidos de la tradición rabínica son en realidad vehículos y soportes simbólicos de meditación y “ordenamiento interno”, que han de ser aprendidos hasta “el hartazgo” cumpliendo así su función, para ser abandonados posteriormente cuando se penetra en el “Jardín de Granadas”, es decir en el Paraíso, como diría Moisés Cordovero, el gran cabalista de Safed, de origen sefardí como indica su apellido. A ese “hartazgo” se refieren las siguientes palabras de Maimónides, en su tratado Misné Torá:

Nadie es digno de entrar en el Paraíso a no ser que primero se haya hartado de pan y carne,

refiriéndose con esta última expresión a esos vehículos simbólicos desarrollados precisamente por la tradición rabínica, concentrada en el Talmud y sus tratados exegéticos. Todo esto no invalida la jerarquía y la preeminencia del Espíritu sobre la letra, de la médula sobre el hueso que la recubre, del esoterismo sobre el exoterismo, en definitiva del sentido simbólico, anagógico y metafísico sobre el sentido literal y alegórico.  Sobre ese sentido simbólico y superior he aquí lo nos dice en Los Deberes de los corazones el sutil intelecto de Ibn Paquda:  

Es necesario que la palabra y el concepto se acomoden a la capacidad de comprensión del que oye, poniéndolos en su mente en el mismo estado corporal en que se encuentra el propio oyente y haciéndolas entender, primeramente, con expresiones corporalizadas. Luego vendrá el afinarlas y el saber que todo esto no son sino aproximaciones y expresiones que ofrece el Libro, cuyo verdadero contenido, en el fondo sutil de su significado, es más fino, sublime, noble y lejano de lo que entendemos de ellas a primera vista. El hombre inteligente y perspicaz, de acuerdo con su poder y capacidad de comprensión, lo que desea es despojar a la idea de las expresiones corporales y subir, así, a su comprensión, de un nivel a otro, hasta conseguir la verdadera idea tras la que se va. En cambio, el ignorante que no entiende nada cree en el Creador, a base de lo que le ofrecen las palabras del Libro tomadas en su sentido exterior.[7]

Ibn Paquda –influido quizá por la doctrina neoplatónica de “Los Hermanos de la Pureza” del esoterismo islámico- y adelantándose a ciertas reflexiones desarrolladas posteriormente por los cabalistas distingue:

diez niveles entre los hombres según el grado de conocimiento que tienen de la Biblia, poniendo en el nivel inferior a quienes se contentan con aprender el texto de memoria, que [afirma ibn Paquda] “están en la categoría de un asno cargado de libros”, y en el grado más alto, sitúa a “los que heredaron la ciencia del Libro de Dios, recibiéndola de los profetas, la paz sea con ellos, así como todas sus interpretaciones y las consecuencias que sacaron de los fundamentos del Libro”.[8]

En la Torá, como en el ser humano, late la vida secreta de la Divinidad. Ciertamente la Cábala, la Gnosis judía, como todo verdadero esoterismo, nutre su esencia de los misterios divinos recibidos en el corazón del adepto, que vive ese proceso con la intensidad y lucidez necesarias para atraer aquellas energías espirituales que emanan de los “palacios de la revelación”. Históricamente esto cristalizó en ciertas individualidades y círculos de sabios que fueron los “faros” que iluminaron nuevamente al pueblo de Israel: los cabalistas, los “segadores del campo sagrado”.




Coraza para guardar la Torá. Viena siglo XIX.


El misterio reside en el corazón de la “Obra de la creación” y de todas las criaturas que la integran. De ahí que sea vital para el cabalista conocer justamente el sentido más alto de la Escritura, el anagógico o metafísico, por la sencilla razón de que ese sentido más elevado y profundo no sólo integra a todos los demás sentidos, sino que se refiere sobre todo a él mismo, mostrándole su identidad con el “Uno sin segundo”. Precisamente el siguiente texto de Nahmánides habla de cómo se sugieren en ciertos pasajes de la Escritura esos otros sentidos más elevados que los meramente literales:

Todo lo que se transmitió a Moisés nuestro maestro a través de las cuarenta y nueve puertas del conocimiento fue escrito en la Torah explícitamente o mediante su implicación en las palabras, en el valor numérico de las letras, o en su forma, esto es, si se escribían normalmente o con algún cambio de forma, como letras dobladas o torcidas, u otras desviaciones, o en los extremos de las letras y sus coronitas, según dijeron los Sabios: “Cuando Moisés subió al cielo, encontró al Santo, bendito sea, uniendo coronitas a determinadas letras de la Torah. Le preguntó: ¿Para qué es eso?, y Él le dijo: Un hombre está destinado a interpretar numerosas leyes basándose en ellas”.

En efecto, esas “coronitas” aluden directamente a Kether (la Corona), la Unidad, la primera y más elevada de las sefiroth, y ello nos está indicando que en las letras sobre las que se disponen esas coronitas reside un sentido más elevado, es decir que encierran lo que Maimónides llamaba el “manjar reservado” de los misterios de la Divinidad.



El Gran Nombre de Dios o Tetragramaton 


La “inspiración” del cabalista es fruto de su intuición intelectual nacida de la “revelación” del Espíritu, que como un “germen de luz” penetra en la letra y la fecunda.[9] Algo análogo ocurre en el ser humano. Si cada uno de nosotros es una letra del Libro de la Vida, esa letra nada significaría sino fuera vivificada por el Espíritu, que es como decir que el “Verbo se hace carne”, o sea que se “substancia” en una forma (como el propio símbolo) para que se facilite la “revelación”, término este que como nos recuerda Federico González es la irrupción del Bien, la Verdad o la Belleza en nuestras conciencias.[10] Porque las letras, como las parábolas, nada nos dicen sino descubrimos en ellas ese sentido oculto que las vivifican.

Esto dicen también nuestros sabios” (afirma Maimónides en la introducción a su Guía de Perplejos), según los cuales el sentido más profundo es como perla, y la interpretación literal de una figura como piedra sin valor. Comparan ellos el sentido oculto, que está envuelto en el literal de un símil, a la perla perdida en una cámara oscura y llena de muebles. Ciertamente la perla está en la cámara, pero el hombre no acierta a distinguirla ni sabe dónde hallarla. Es como si no poseyera la perla, pues de poco le vale, hasta que se haga luz. Y así Salomón enseña, “como manzanas de oro en filigranas de plata, con pequeños resquicios, así es la palabra propiamente dicha”.

Esa “cámara oscura y llena de muebles” puede ser una buena imagen simbólica del alma humana (o del caos precósmico) cuando todavía no se ha encontrado en ella “la perla”, o sea el “tesoro escondido”, que en otro simbolismo no es sino la “piedra oculta” que contiene el secreto de la transmutación. Ella no será “descubierta” hasta que la “luz irrumpa en las tinieblas”, o sea hasta que el Fiat Lux no haya sido pronunciado por el Verbo o Intelecto divino y este haya resonado en todos los ámbitos de nuestra conciencia. Francisco Ariza




[1] En otras tradiciones hemos de mencionar las academias y escuelas druídicas dentro del mundo celta, prácticamente desconocidas. Asimismo hemos de considerar el Calmécac, donde eran educados los hijos de la nobleza azteca, y de donde salían los sacerdotes, guerreros y administradores de esa civilización.

[2] Enrique Cantera Montenegro: “La historiografía hispano-hebrea”.

[3] En cualquier caso ahí está la profecía de Malaquías (3: 23) para hacernos reflexionar acerca de todo esto: “Mirad, os enviaré a Elías (Eliyahu = “Mi Dios es Yah”) antes de la llegada del día grande y terrible de Yhavé”.

[4] Para todo lo referido al exilarca Makhir o Maschir, ver nuestro libro La Obra de Federico González. Simbolismo, Literatura, Metafísica, cap. IX págs. 476-477.

[5] Esta intención de Ibn Saprut explicaría el interés de éste por contactar con el rey de los judíos jazaros, José Khagan, para lo cual mantuvo una correspondencia con él, quien le revela que los jazaros eran descendientes de Jafet, una de las “diez tribus perdidas de Israel”, y de donde según algunos descenderían los askhenazíes. Este reino judío estaba situado en el Cáucaso, entre el mar Negro y el mar Caspio, y llegó a conformar un Imperio que acogió en sus ciudades tanto a judíos, como cristianos y musulmanes. Es decir que era un modelo de convivencia que en ciertos aspectos se reproducía en la España de aquella época, de ahí el interés despertado en Ibn Saprut.

[6] Introducción General al Estudio de las Doctrinas Hindúes, cap. VIII de la tercera parte.

[7] Ángel Sáenz-Badillos y Judit Targarona Borrás: Los Judíos de Sefarat ante la Biblia, cap. V.

[8] Ibíd.

[9] Un germen de luz es precisamente la forma de la letra Iod () con la que se inicia el Tetragramatón o Nombre Inefable de Dios:

[10] Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos (Revelación). Allí Federico dice también algo importante que conviene destacar: “Sin embargo, etimológicamente la palabra revelación quiere decir de modo literal, velar dos veces (re-velar). Esto nos da mucho que pensar sobre el hecho de que todo lo que vemos o percibimos está velado y la revelación sería paradojalmente una vuelta a la oscuridad, un artilugio por el cual lo que está oculto o desconocido se hace presente, o conocido. La revelación entonces es algo que sucede por contradicción entre dos partes de la cual surge una tercera que viene a ser el fruto de lo revelado”.

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