Sobre la Tradición Unánime (Texto, Video y Podcast)

La Rueda del Dharma

El meollo de lo que diremos a continuación seguramente ya lo hemos expuesto en varias ocasiones, pero siempre va bien recordar la vigencia de una Tradición Unánime, que se halla presente “unánimemente” en todas las formas tradicionales que han existido a lo largo de la Historia y en las que todavía permanecen vivas, pero que no están exentas del ocaso espiritual que vivimos en nuestro tiempo, muy certeramente definido como “líquido”, o sea tendente a la disolución.

Pero esto es debido a la coyuntura temporal de un gran ciclo que se agota, y no afecta para nada a la esencia de la Tradición Unánime, a la que también podríamos denominar Tradición Primordial, que tiene su equivalente en el Sanâtana Dharma hindú, que como señala René Guénon en un estudio del mismo nombre:

es la fuente primera y el fondo común de todas las formas tradicionales particulares, que proceden por adaptación a las condiciones especiales de tal pueblo o de tal época, pero ninguna podría ser identificada con el Sanâtana Dharma o ser considerada como su expresión adecuada, aunque sin embargo sea siempre como su imagen más o menos velada.

Reconocer la Tradición Unánime en el núcleo de cada tradición particular nos libra de caer en cristalizaciones dogmáticas, exclusivistas y fanáticas, propias de las religiones y exoterismos monoteístas en su degradación actual, y en las que sí caen muchas veces personas que habiendo recibido una transmisión de carácter iniciático y esotérico no han podido superar el nivel literal del símbolo y del rito, obviando así otras lecturas más elevadas de los mismos. Los símbolos y los ritos son en suma los vehículos y soportes de dicha transmisión, posibilitando el ascenso por el Eje del Mundo, o del Árbol de la Vida, que está plantado en el centro de nuestro ser, aunque a veces no seamos muy conscientes de ello.

La Tradición Unánime se identifica con el propio Conocimiento, el cual no solo se limita a la Cosmogonía y a la Tri-unidad de los principios ontológicos, es decir al Ser, sino que abarca a los estados incondicionados, supracósmicos y auténticamente metafísicos. Y si hemos de hablar del “fruto” obtenido por ese Conocimiento este no sería otro que la Sabiduría, cuya raíz más íntima, y supraesencial podríamos decir, se nutre efectivamente de la “luminosa oscuridad” del No Ser (que es el En Soph de la Cábala). A esa “luminosa oscuridad” alude Salomón al comienzo del Cantar de los Cantares cuando pone las siguientes palabras en boca de la Sulamita, imagen de la Sabiduría: “Soy morena, y soy hermosa…”.

El comer de ese fruto quizás no otorgue la felicidad (tan relativa como cualquier otro estado de ánimo, pese a que los romanos la considerasen un numen, Felicitas, ligado con la “buena suerte”), pero sí puede dar la Libertad, con mayúsculas. El consejo de Pico de la Mirandola en su Discurso sobre la Dignidad del Hombre de poder elegir, en nuestro libre albedrío, la parte divina de nuestra naturaleza, tiene como fin último lograr esa Libertad, verdaderamente incondicional. Dice Pico de la Mirandola:

recogido en el centro de su unidad, hecho un espíritu con Dios, introducido en la misteriosa soledad del Padre…”.

Pero ese conocimiento de la Unidad trascendente no lo aporta comer del “Árbol de la Ciencia”, dual por definición, pues también es llamado “del Bien y del Mal”. El “Árbol de la Ciencia” nos maravilla con los “frutos de la Creación”, pero no con sus principios, a los que desconoce, los cuales también pueden ser “comidos”, y en este punto hemos de añadir que la raíz de la palabra “sabor”, sap, es la misma de “saber”, sapere, de ahí sapiencia, es decir Sabiduría. Francisco Ariza

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