ASPECTOS COSMOGÓNICOS Y MÍTICOS DE LOS “SIETE RISHIS” HINDÚES

El rishi Vasistha y Kamadenu, la vaca celeste.

En la India antigua se decía que los rishis (los que "oyen" el Veda) no solo residen en el mundo celeste sino también en el mundo subterráneo. Esto nos ha llamado la atención, y seguramente con ello se aludía al hecho de que a partir de un momento dado del ciclo del Manvantara (coincidiendo seguramente con la entrada en el Kali-yuga) la Ciencia Sagrada se “ocultó” en el mundo subterráneo. Se trata de una manera simbólica de expresar la idea de que la Sabiduría ya no está al alcance de todo el mundo sino más bien de unos pocos (“muchos serán los llamados, pero pocos los elegidos”), debido sobre todo a las condiciones adversas del mundo exterior, y esta palabra, “adversa”, ha de entenderse como todo aquello que es enemigo del Conocimiento al impedir su realización en el ser humano. A estas alturas del ciclo a nadie se le escapa que esas condiciones han creado una mentalidad cada vez más cerrada a cualquier tipo de influencia de orden espiritual-intelectual. Y es evidente, por otro lado, que esta circunstancia explica el estado cada vez más caótico en el que vivimos.

El mundo subterráneo es, en este sentido, un “lugar” de la geografía de lo invisible donde se deposita la memoria del Ser y cuya búsqueda jalona la aventura del Conocimiento. De ahí que se hable (Platón) de “recuerdo” o “reminiscencia” para referirse a la recuperación de esa identidad “oculta” en lo más recóndito del alma humana. Por eso mismo, y proyectada en el plano de las civilizaciones, la idea de ese ocultamiento no es exclusiva de la India, sino que es común a casi todos los pueblos antiguos, como la civilización azteca, en la que se habla de “siete cuevas” donde moran sus ancestros primordiales. Otro tanto diríamos de los mayas, o de los sumerios, los egipcios, los celtas, etc. 

Los siete Rishis


Dicho esto a modo de preámbulo a esta tercera y última entrega dedicada al simbolismo de los siete rishis hindúes y su relación con las siete estrellas de la Osa Mayor, vamos a destacar ciertos rasgos pertenecientes a algunas de estas entidades encargadas de transmitir la Ciencia Sagrada a través de los grandes ciclos humanos y cósmicos. Nos centraremos en cinco de ellos, que son los que más frecuentemente aparecen en los textos védicos y puránicos: Bhrigu, Vasishta, Kratu, Angiras y Atri.


La constelación de la Osa Mayor y los nombres de los siete Rishis primordiales

Bhrigu. Es el Rishi progenitor del linaje de los Bhrigus, o Bhargavas. Ellos crearon los ritos sacrificadores del soma, el “brebaje de inmortalidad”. Participaron en la creación del Atharva-Veda junto al linaje de los Angiras, y fueron asimismo los primeros astrónomos-astrólogos hindúes, poseedores por tanto de la Ciencia de los ciclos y los ritmos. No es pues de extrañar que en la enseñanza salida del clan de los Bhrigus el dios Tiempo (Kala) ocupe un lugar eminente. El Tiempo, y especialmente el tiempo cósmico, es una de las más poderosas armas en el camino del Conocimiento, pues gracias a él se tiene la experiencia directa de la irrealidad de la existencia, no solo de todos los seres manifestados sino también de los dioses que participan de una u otra manera del hecho creacional. De esa experiencia brota la certeza absoluta de la única Realidad: la del Atma Incondicionado.

Vasistha. De este Rishi nace el linaje de los Vasishtas, pertenecientes a la llamada “dinastía solar”, al igual que Vaivaswata, el Manú del Manvantara actual. Los brahmanes nacidos en esta familia eran considerados los de más elevado rango, y los encargados del ritual en honor de Indra, el Rey de los dioses, lo cual nos permite entender que ellos forjaran una relación especial con diversas familias de reyes, y por tanto con la rama guerrera de los khatriyas. Eran, podríamos decir, la familia brahmánica de distintas dinastías reales, y esto, lejos de ser un detalle menor, nos habla de una realidad en la que se sustentaba antiguamente la permanencia en el tiempo de cualquier civilización tradicional, a saber: el equilibrio y concordia entre la autoridad espiritual y el poder temporal. Además, hemos de tener en cuenta que de los khatriyas, la nobleza guerrera, han salido históricamente muchos sabios y hombres de conocimiento que se entregaron a la contemplación como vía para la realización metafísica. Sin salirnos de la India, tenemos el ejemplo del príncipe Shakyamuni, quien devino el Budha, el "Despierto". Lo mismo diríamos del Maestro Jesús, perteneciente a la casa real de Judá, a la que pertenecieron dos grandes reyes como David y Salomón, los cuales gozaron de la presencia en su corazón de la Justicia y la Sabiduría divinas.

La palabra Vasistha quiere decir “el más rico”, o sea el más abundante, el más fértil y fecundo, y de ahí que sus poetas y videntes compusieran numerosos himnos participando en la elaboración de la gran literatura sagrada hindú. Como ya señalamos, Vyasa pertenecía a los Vasistha, y merece recordarse nuevamente que los sabios de este linaje tuvieron que adaptar los Vedas durante el ciclo del Dwapara-yuga (anterior al nuestro, el Kali-yuga), seguramente para restablecer un cierto desequilibrio provocado por Ravana, el rey de los demonios, el cual fue vencido por Rama Chandra, el séptimo avatara de Visnú.



Rama Chandra, séptimo Avatara de Visnú

Kratu. Este un Rishi que se manifiesta en dos Manvantaras, el primero y el séptimo (que es el nuestro). Recordemos que su nombre significa “fuerza”, o “potencia”, al igual que la palabra griega Krato. Pero potencia tanto espiritual como genésica, de ahí que sea el progenitor de 60.000 hijos, un número que también hay que entender en clave cíclica, pues prácticamente se corresponde con el periodo de duración de un Manvantara, que es de 65.000 años, en números redondos. No es difícil ver aquí una similitud entre este rishi y Abraham, cuyo nombre quiere decir "padre de la multitud", y en este sentido es bastante interesante advertir que el patriarca hebreo recibió, o acrecentó, esa potencia genésica y espiritual tras el encuentro que tuvo con Melquisedec, personaje misterioso que en la tradición judeo-cristiana es el equivalente del Manú hindú.

Kratu nace de los ojos de Brahmâ, o sea de su “visión”, como sinónimo de la Inteligencia del dios creador. Por otro lado ya vimos que la palabra Veda viene de la raíz “vid”, que quiere decir tanto conocimiento como visión. En el Manvantara actual este Rishi aparece gracias a Shiva, el dios destructor y transformador, quien lo bendice con una energía renovada, que él transmite con su Sabiduría a nuestro Manvantara, al ciclo de la presente humanidad.

Angiras. Este Rishi está vinculado muy especialmente a Agni, el dios del fuego, hasta tal punto que algunos textos hacen de esta deidad el hijo de Angiras, lo que hay que entender como una identificación entre sus respectivas naturalezas. A este rishi se debe la “audición” (sriti) del Atharva-Veda, de cuya memoria escrita (smriti) se encargaron los Angirasas, o sea sus discípulos o “hijos espirituales”, lo cual nos habla de una “entidad intelectual colectiva”, o de un clan de brahmanes derivado de Angiras, como lo era el clan de los Vasistha, o el de los Bhrigus, a los que nos hemos referido anteriormente. También compusieron varios himnos del Rig-Veda, algo que es común a todos estos rishis del primer Manvantara del presente Kalpa


Brihaspati, un aspecto de Manú, o "Rey del Mundo"

Anguiras es asimismo el padre de Brihaspati, nombre hindú para el planeta Júpiter, y todas las características que la astrología occidental señala de Júpiter se ajustan a las que nos ofrece la tradición hindú. Brihaspati significa “Espíritu de la vastedad”, o de la “grandeza”, dando a entender que se trata de una energía altamente benéfica que induce al hombre a la búsqueda en sí mismo del Alma Universal, del Espíritu, o sea a salir de sus límites individuales para conocer sus estados superiores, pero tomando como vehículo el Dharma, el Orden cósmico, al que Brihaspati contribuye a mantener, de ahí que en ocasiones se le represente portando un arco cuya cuerda se llama Rita, “Orden” en sánscrito, palabra de la que también deriva “Rito”. En ocasiones también aparece con una espada, símbolo del eje, como en la imagen de arriba.


Esto último guarda relación con el hecho de que Brihaspati sea igualmente el dios de la Justicia divina, que, como afirma René Guénon (El Rey del Mundo, capítulo VI) no es simplemente el Rigor, “sino que implica esencialmente la idea de equilibrio o de armonía, y que está ligada indisolublemente a la Paz”. Y esto liga perfectamente con lo que en ese mismo capítulo Guénon añade en una nota: que Brihaspati es el “Pontífice celeste”, lo cual ha de interpretarse precisamente como el que posibilita el tránsito, o el pasaje, hacia el Deva-Loka, el “Mundo de los dioses”, ubicado “más allá” del Cosmos. Todas estas ideas se ajustan perfectamente al hecho de que Brihaspati sea el esposo de la diosa Tara, nombre de la Estrella Polar en sánscrito, considerada como la “puerta estrecha” por la que el ser en vías de Liberación accede al dominio supracósmico y metafísico.[1]

Rishi Agastia, hijo del rishi Pulastya

Atri. Este Rishi también nace, como Kratu, de los ojos de Brahmâ, y todo lo que dijimos al respecto sobre aquel lo podemos extender al Rishi Atri, y a su linaje, los Atreyas. Se debe destacar su vínculo con los Ashvin, los gemelos divinos relacionados con la medicina, aplicada no sólo a los dioses creadores y a ciertos rishis (como Atri) sino también a los seres humanos. Es evidente el paralelismo con las deidades griegas y romanas de los Dioscuros (Castor y Pólux), así como otras entidades semejantes presentes en distintas tradiciones. Atri tiene asimismo una relación especial con la Aurora (Saraniú) en tanto que anuncia con la pureza cristalina de su luz la salida del inframundo de su esposo el Sol (Surya). Los Ashvin son los hijos de ambos, del Sol y la Aurora ("Hija del Cielo" leemos en el Rig-Veda, redactado en parte por los Atreyas). El Manú actual, Vaivaswata, también forma parte de esa descendencia divina, ya que pertenece a la “dinastía Solar” al ser hijo de Vaivásvat, uno de los doce Adityas

Estos últimos son las distintas formas que toma el Sol arquetípico en cada uno de los doce signos zodiacales, permitiendo que su energía “ilumine” las posibilidades de manifestación contenidas en esos mismos signos, y siempre en relación con la humanidad terrestre, o sea que haga pasar esas posibilidades de la “potencia al acto”, generando así las distintas civilizaciones tradicionales que se han sucedido a lo largo de la Historia, las cuales han portado en su núcleo más interno la “presencia” inmarcesible de ese Sol metafísico, o sea del Espíritu, transmitiendo la Ciencia Sagrada a las edades y eras que han conformado el gran ciclo del Manvantara.

Esto implica asimismo restablecer los muchos desequilibrios que inevitablemente se van produciendo con el desarrollo cíclico, desarrollo que, no lo olvidemos, supone una “ruptura” de la unidad y equilibrio tal cual eran vividos en el origen del Manvantara (en el estado edénico en términos judeo-cristianos). En este sentido, el rishi Atri, o mejor las enseñanzas que él transmitió a su linaje, son un ejemplo de como todas las rupturas cíclicas con el Orden interno del mundo (el Dharma) se “resuelven” en gran medida invocando los aspectos más elevados de la doctrina, ya sea que esta esté en manos de las corrientes sapienciales y de las verdaderas organizaciones iniciáticas, o mediante el "descenso" de los Avataras, o bien a través de cualquier otra forma que tenga el Espíritu de manifestarse a través de los vehículos humanos, sobre lo cual la Historia sagrada nos da muchísimos ejemplos. Las leyendas en torno al rishi Atri abundan en esto. 


Por ejemplo, en el Mahabharata se relata el episodio del encuentro de Atri y el rey Drona Acharia, durante el cual el rishi le conmina a reconocer sus errores en una guerra fratricida que le ha llevado a desviarse del Sanatana Dharma, o sea de la Tradición Primordial y la Ciencia Sagrada. El rey reconoce finalmente sus errores y recurre a la concentración en la doctrina metafísica del “desapego”, o del “desasimiento” como diría el Maestro Eckhart, que como estamos viendo podríamos considerar como la esencia de la enseñanza transmitida por el rishi Atri. Esa "renuncia" consciente a la gran corriente cósmica del Samsara, le permitió a Drona Acharia unirse a Visnú, el dios conservador, trayendo de nuevo la paz y la justicia a su reino. 


Otro ejemplo lo encontramos en este caso en el Ramayana, y concierne a la esposa de Atri, Anusuya, descendiente por vía materna de Swayambu, el Manu primigenio, como recordamos en la anterior entrega. Esto último no es un detalle menor, desde luego, pues inscribe a ese linaje más allá del presente Manvantara. Anusuya quiere decir “libre de envidia y celos”, que en el fondo es otra manera de afirmar la misma doctrina del desapego. Ese estado de “desprendimiento” de las pasiones que encarna Anusuya atrae la atención de Brahmâ, Visnú y Shiva (la Trimurti), es decir genera el “descenso” en ella de las tres divinidades más altas, que depositan en su seno porciones de sí mismas, dando lugar al nacimiento de tres hijos en el seno de Anusuya, que finalmente se sintetizarán en uno solo, Dattatreia, palabra que quiere decir "Ofrecido a Atri", y más especialmente a su linaje, quien lo ha conservado hasta hoy desde tiempo inmemorial", aunque "oculto" en el mundo subterráneo desde que comenzó la "Edad Oscura".



Anusuya, el rishi Atri y la Trimurti hindú: Shiva, Brahmâ y Visnú. Bhagavata Purana. Siglo XVIII. 

Valgan como colofón a estas reflexiones las siguientes palabras de René Guénon, que en cierto modo sintetizan lo que hemos intentado expresar aquí sobre un simbolismo que podríamos definir como la "piedra angular" de cualquier doctrina que verse sobre el significado de los ciclos cósmicos yendo a sus fuentes cosmológicas y míticas tal cual son expresadas, en este caso, por la tradición hindú:

La India verdadera es la que permanece siempre fiel a la enseñanza que [...] se transmite a través de los siglos; es la que conserva integralmente el depósito de una tradición cuya fuente se remonta anteriormente y más lejos que la humanidad; es la India de Manú y de los Rishis, la India de Shri Râma y de Shrî Krishna. Sabemos que no fue siempre la región que se designa hoy con ese nombre; sin duda incluso, desde la morada ártica primitiva de la que habla el Veda, ocupó sucesivamente muchas situaciones geográficas diferentes; quizás ocupará otras aún, pero poco importa, pues ella está siempre allá donde está la sede de esta gran tradición cuyo mantenimiento entre los hombres es su misión y su razón de ser. Por la cadena ininterrumpida de sus Sabios, de sus Gurús y de sus Yoguis, ella subsiste a través de todas las vicisitudes del mundo exterior, inquebrantable como el Meru; durará tanto como el Sanâtana Dharma (que se podría traducir por Lex perennis, tan exactamente como lo permite una lengua occidental), y nunca cesará de contemplar todas las cosas, por el ojo frontal de Shiva, en la serena inmutabilidad del eterno presente. Todos los esfuerzos hostiles se romperán finalmente contra la sola fuerza de la verdad, como las nubes se disipan ante el sol, incluso si han logrado oscurecerlo momentáneamente a nuestras miradas. La acción destructora del tiempo no deja subsistir más que lo que es superior al tiempo: ella devorará a todos los que han limitado su horizonte al mundo del cambio y colocado toda realidad en el devenir, a aquellos que han hecho una religión de lo contingente y de lo transitorio, pues "aquel que sacrifica a un Dios se convertirá en el alimento de ese Dios "; ¿pero, qué podría contra los que portan en sí mismos la conciencia de la eternidad(René Guénon: “El Espíritu de la India”, en Estudios sobre el Hinduismo). Francisco Ariza

Notas
[1] Fijémonos que la palabra Tara se encuentra formando parte tanto del nombre de Manvantara como de Avatara, o sea que está ligada indisolublemente a todo este simbolismo que estamos describiendo. Por otro lado, y en estrecha relación con esto, en los textos también se indica que los Rishis habitan en el Satyaloka (el "Mundo de la Verdad"),  situado en la cúspide del Monte Meru. Satyaloka es también el nombre del cielo de Saturno, el dios de la Edad de Oro, si bien el nombre del planeta en sánscrito es Shanischara, "aquel que se mueve lentamente". 

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