Imágenes Comentadas del Ciclo Heroico (V). El Nacimiento de Dionisos

 Dionisos naciendo del muslo de Zeus. Crátera griega, siglo V a.C.

Si Atenea nace de la Mente o Inteligencia de Zeus, Dionisos nace de su “muslo”, que en griego se dice mero, idéntico a Meru, la montaña polar y símbolo del Eje del Mundo. Esto ha llevado a pensar en un origen hindú u oriental de este dios que, sin embargo, arraigó fuertemente en el mundo griego y mediterráneo, y por tanto está en los orígenes de nuestra cultura. El hecho de que Dionisos se represente a veces como un toro en plenitud de su potencia genésica nos indica, entre otras significaciones simbólicas, que su culto se extendió durante la Era zodiacal de Tauro, anterior a la de Aries, en la que se inscribe, como ya dijimos en el comentario anterior, el mito de Jasón y el Vellocino de Oro. 
En el relato que explica el proceso de su nacimiento se encuentra la clave para empezar a conocer la naturaleza de esta deidad. Hijo de Zeus y de la humana Sémele (princesa tebana del linaje de Cadmo y Harmonía), Dionisos todavía estaba en el vientre de su madre cuando esta es abrasada por el fuego emanado del propio Zeus, el cual lo rescata atándolo a su muslo, donde termina de gestarse. Dionisos es así un dios que “nace de la muerte”, o sea que “resucita” de entre los muertos, convirtiéndose en el paradigma de la iniciación a los misterios y del destino de toda vida humana que busca su identidad y la comunión con el cosmos invisible a través del Conocimiento.
El fuego que lo mata es también el que lo salva, pues en verdad ese fuego es el “cuerpo de luz” de su padre olímpico, quien al “sujetarlo” a su muslo-eje le otorga la condición “polar” necesaria para superar la condición humana y terrestre de su naturaleza transmutándola en un éxtasis imperecedero y perenne. Es el mismo proceso que sigue la uva cuando se transforma en vino, símbolo del Conocimiento. La “locura” de Dionisos es una inmersión en el “caos” virginal anterior a toda creación, y una puerta de entrada a los misterios inefables de las “tinieblas más que luminosas” del Espíritu.
Dionisos es un héroe-dios que nace de la substancia de la tierra pero es modelado por el fuego y la luz intangible de Zeus. Dios donde se concilian los opuestos, se ha comparado a Dionisos con Cristo, y asimismo con Hermes y su hijo Pan, el numen de los pastores que vive en las grutas junto a las Ninfas. Recordemos que en los misterios dionisíacos el vino (la transmutación de la uva) tiene la misma significación que en la Eucaristía cristiana: la naturaleza transubstanciada en la “sangre del Espíritu” y partícipe por tanto de una genealogía no “nacida de la voluntad de la carne”.
Dionisos (el Baco romano) es el dios de la alegría, de la danza, de la música, de la embriaguez y de todo exceso, furia y frenesí encaminado a romper con los estrechos moldes de una mentalidad “ahorrista” que pretende acabar con la irreductible libertad que anida en lo más profundo del alma humana, que desde el momento en que se hace consciente de la cárcel en que vive llama a gritos a su dios salvador, aquel que propicia el entusiasmo (literalmente: “tener a un dios dentro”), o sea la divinización como un estado permanente del alma en intimidad con el Misterio. Por eso uno de sus nombres es Libertador –Eleuterios-, y a él estaban consagradas las fiestas primaverales de las Liberalia o Dionisíacas.
“Ven, héroe Dionisos” clamaban, y claman, quienes se acercan a su cortejo de ménades y sátiros y comparten con ellos la presencia del Dios. Dionisos irrumpe de pronto en tu vida y te secuestra llevándote con él al refugio celeste donde moran las Musas. Francisco Ariza


Dionisos y sátiros danzando. Copa ática. Siglo V a.C. Biblioteca Nacional de Francia, París.

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